Kidnapping

ADELANTE San José, 14 de Marzo de 1953 San José. Pekin (UN VIAJE LA PRIMAVERA DE LOS PUEBLOS)
Por ADOLFO HERRERA GARCIA ñalando a Eduardo, que se seca el sudor después del alegato, ya libre de todo, yo digo sencilla y modestamente esto. La meme chose. La misma cosa. sin dificultad alguna, sin decir una sola palabra más, todo se me arregla también. Por mucho tiempo yo andaba detrás de Eduardo. Eduardo discutia, se hacía entender, y luego yo, con seriedad, señalándolo, decía lento, fingiendo una elegante pereza: La meme chose. En Zurich, Eduardo se cansó de su francés, y entonces me echaba por delante para que yo explicara, en mi inglés y por señas, sudando, lo que quería. Luego él avanzaba muy despacio, encarábase con el mismo empleado, y le soltaba: Me too.
EUROPA AL FIN. Paramos, después de hacerlo por cortos momentos en Terranova desierto de lagos y laguitos, rios y riachuelos en Preswick, Escocia. Quiere decir que aunque no estamos todavía en el continenie, estamos en Europa. Entramos al Aeropuerto de techo bajo, todic blanco como la sala de cirugía de un hospital, y vemos una venta de scuvenirs. muy feos y muy caros, atendida por una nujer muy fea también, pero que en cambio debe ser muy ba.
rata. Los empleados, los hombres, las mujeres, hasta los chiquitos de aquí, miran a los viajeros con odio, sin que se sepa por qué. Detectives, disfrazados de no detectives, se pasean de arriba a abajo, tratando de saber a qué huele Otelo, de asomarse a la balijita que casualmente, de pror to de puros nervios, se le abre al señor de Selecciones lauy amoscado de tanta vigilancia de averiguar la marca del puro del cubano e intrigadísimos con un aparato lleno de misterio, cubierto, que lleva el pintor. Por fin, después de una deliberación, se lo quitan: es el caballete desarmable. mientras hacen poco a poco, metódicamente, oficialmente, el descubrimiento de lo que era aquello, no fuera a ser que ese muchacho latino llevara raptado, metido dentro de una especie de balija cuadrada, al general Eisenhower, uno de ellos, con la mejor buena fe del mundo, una fe galaica, no en vano estábamos en Escocia, nos confunde, a Eduardo Mora y a mí;con dos detectives mexicanos!
Pero aquella noche a bordo, en vista de mi actitud ante rior, nadie deja la lamparita encendida después de las diez.
La pasamos muy entretenidos: Eduardo dormitando y yo viendo a la mujer de paba y al cubano, que se hacen señas de uno a otro asiento, entre los ronquidos del esposo; y a la china millonaria que bebe cocktails en una copa que le acerca a los labios, casi de rodillas, aquel yanqui nadador.
Está oscuro todavía y el avión se ha detenido. Qué pasa? Estamos ya en tierra firme, en el continente, en Ams.
terdam.
Salimos del Aeropuerto en aquella madrugada con las balijas en la mano, y subimos a un bús que espera en el pavimento, reluciente de garúa, bajo las luces mortecinas de los postes. La madrugada sigue oscura y fría. Echamos a andar a lo largo de la carretera que va a la ciudad. Por las ventanas empafiadas del bus, que limpio de vez en cuando con el pañuelo. por lo que Eduardo creyó un momento que yo le decía adiós a la gente. veo señales de luces rojas, a ras del suelo, anunciando las curvas; prados sin cercas, uno que otro edificio como una mole negra en la soledad, bajo la niebla del amanecer: ya comienza a verse un canal que yo presentí en la oscuridad y me confirma la luz de un farol reflejándose velozmente sobre sus aguas dormidas. ni una alma en las calles de la ciudad desconocida, que ya inició, entre la neblina, su fiesta de luces neón. Es la madrugada en penumbra, atravesando una ciudad ignota en un bus, con los ojos muy abiertos para tratar de adivinar lo que hay detrás de los cristales que empaña el misterio otoñal de la primera niebla europea.
Nos paran en las oficinas de la KLM: un mostrador charolado de negro, con prospectos de turismo: un gran asiento forrado de cuero rojo, adosado a todo lo largo de la pared amarilla, sobre la que un mural de líneas suaves estiliza la Torre Eiffel, el Empire Building, la cúpula de San Pedro, las pirámides de Egipto, bajo el consejo, escrito en latín, de la puerta: Hay que navegar.
Detrás del mostrador, asueñado en aquella madrugada, que allí adentro se entibia y se ilumina bajo las suaves luces fluorescentes, se amarga un empleado odioso, que, dándose aires de importancia, nos mira sobre el hombro, llama un carro, y sin darnos detalle de nada, le grita al chofer, en holandés, una dirección.
Media hora corremos por las calles de Amsterdam, desiertas, de puertas cerradas, entre la penumbra azulenca y titiritante de aquel madrugón.
Hotel Central. Nombres y nacionalidad. Ascensor.
Tercer piso. Cuarto 38. Baño. Agua tibia. Camas suaves.
Sábanas limpias. ya con los ojos cerrados, el primer rayo de sol, entrando con cuidado, despacito, de puntillas, por un visillo levantado de la ventana. Contingará)
La madrugada es oscura. Cae un garúa que atraviesa nuestras gabardinas, mientras corremos del avión al edificio del aeropuerto, todo iluminado. Topamos con varios soldados de kaki, llenos de presillas y polainas blancas: y con un hombre, que llama la atención, de abrigo, pipa en la boca, diciéndole a todo el mundo, con sus gestos, que no se equivoquen, que no hagan easo, que él es un man disfrazado.
Eduardo se entiende en francés con los agentes de la Linmigración. Discuten algo, lo interrogan protocolariamente, como a los demás pasajeros que se quedan aquí, y él, con paciencia, contesta a todo: le ponen el sello de admisión por diez días en Holanda, y yo sigo hacia donde me espera el mismo empleado. Me habla no sé qué. Imagino que ahora Shabrá un lío, una discusión, otra explicación con detalles. aquel hombre mon dieu. sólo habla francés y yo no. Va a ser un enredo espantoso! Pero, entonces, ilumiAado súbitamente, lo arreglo todo con una sola frase. SeEste documento es propiedad de la Biblioteca Nacional Miguel Obregón Lizano del Sistema Nacional de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y Juventud, Costa Rica.