F; AEL HAMACA BAJO Los PINOS Mis padres habian alquilado para el verano una casa vieja residencia señorial enclavada en plena montaña suiza. Cuan lejos y cuán cerca está todo esto de mi! La dulzura del recuerdo invade mi corazón y me veo a mi misma chiquilla soñadora e ilusionada. que creía en las hadas y en los duendes y que se do¡niia buscando en el cielo, por la ventana abierta, la mirada brillante y suave de. alguna estrella. Poblaban el parque de nuestra casa, grandes pinos potentes y nobles cuyas resinas embalsamaban el ambiente y cuyas agujas alfombraban el suelo.
Mi padre había traído de América una hamaca fina y leve tejida en Guayaquil. Esta hamaca fué colgada bajo dos pinos, y era un contraste encantador el de la fresca paja de los trópicos con los nórdicos árboles pensativos y graves. para completar la tonalidad seductora y un poco extraña del cuadro, allí estaba mi madre con su gracia lánguida de criolla negros cabellos, ojos obscuros, for mas delicadas, voz dulcisima que gustaba de leer en aquella blanda cuna de los paises cálidos, mecida por las brisas un poco ru das de los alpes. Mamá, mamá, cuéntanos algo.
Nos acercábamos a ella, pidiéndole un relato, y ella que llevaba la nostalgia de su tierra en el corazón tejía, para nosotras, u na amorosa narración, en la que revivian las costumbres de su ciudad, los paisajes y los panoramas de su pais; toda una adoramón ferv1ente y pintoresca.
La apacible ciudad provinciana, con sus callejas soleadas por as que pasan indias vendiendo flores y frutas, dulces y viandas; la procesión del Viernes Santo, con su trágico Crucificado y su Dolo rosa suntuosamente vestida, sus devotas que arrojan jazmines a los pies del Señor y sus devotos portadores de cirios enc endidos; las huertas de naranjos y de limoneros; las indias todavia enlutadas por la muerte del último Inca; los pescadores que salían a la pes ca en los caballitos de totora; todas estas imágenes y escenas de la tierra lejana que en verdad, era para nuestra madre la suavev, patria desfilaban. para encanto nuestro, bajo los pinos verdi negros. cuya sombra austera se macia una voluptuosa hamaca de Guayaquil. PABLO VIRGINIA Toda la tarde había corrido y jugado yo en el jardin. En mi. vestido había olor de flores y de plantas silvestres y en mis manos las lágrimas de los pinos. Cansada, deseosa de otra distracción entré. la biblioteca, una inmensa habitación, en la que los libros subían hasta el techo. Mi madre tan buena tan indulgente. no me había prohibi do la entrada a esa pieza. Eso si me recomendaba con aquella ter nora. que le era peculiar, y que resultaba más eficaz que todas las severidades. No tomes el tintero que puedes manchnrte las manos y el haje. No arranques las hojas de los libros que tu papá se enfadaría.
No golpees los muebles. ni saltes sobre el diván. yo por agradarie ¿como resistir a su bondad y a su cariño. no tocaba el tintero, ni destruia los muebles, ni saltaba sobre el sofá. Además a los libros. que me atraían, quizás tanto como el POR MARIA WIESSE. campo y los animales, no hubiera podido causar daño alguno. lepresentaban para mi, un mundo de encantamiento y de maravilla.
Los libros eran: Pulgarcito y el gato con botas, la Bella Durmiente.
Robinson Crusoe, Aladino, Caperucita Roja y Blanca Nieve.
Me acerqué a la mesa de la biblioteca. Alli habla un pequéño volumen ilustrado que yo abrí curiosamente. Dos niños abraza: dos tiernamente, el mar, palmeras gigantescas, una isla bella con majestuosa belleza. Con las mejillas rojas y el corazón tembloroso leía ávidamente, apresuradamente. Pablo y Virginia. Así se llamaban esos niños que tanto se querían y que iban con los pies desnudos y las manos enlazadas por la isla maravillosa. Pablo y Virginia.¡Pero era posible, Dios mio, que dos niños se qui. sieran tanto! Confieso que, en aquel momento, el candoroso idilio se me antojaba mil veces más lindo que todos los cuentos de hadas, que formaban mi lectura habitual y predilecta. Ahora, en cambio, me gusta mucho más Aladino Blanca Nieve que la novela de Bernardín de Sainb erre. Pablo y Virginia. Leia el corazón henchido de emoción y el alma palpitante. Jamás mis diez años habian imaginado tanta ternura, tanto amor, tanta tristeza. cuando vinieron a buscarme, al anochecer, ya estaba inclinada sóbre el libro con el cuerpo sacudido por los sollozos y el rostro bañado en lágrimas.
LA NOCHE La noche era mi amigo. Al contrario de otros niños que la veian acercarse con terror, yo la recibia alegremente, gozosamente.
Porque ella era para mi cual otra Scherezada; me traía en su manto de sombras las historias más lindas, las fábulas más bellas; ella era el hada poderosa y buena y con su varita mágica anima ba a todas las cosas. poblando el mundo de seres fantásticos. Duérmanse hijitas, ya es tarde.
Mamá nos besaba y salía del cuarto con paso leve, para no despertamos.
Yo. en mi cama, miraba el cielo por la ventana abierta. No me cansaba el espectáculo familiar y siempre maravilloso de las estrellas en el firmamento. Y, entre todos los astros resplandecientes y las constelaciones magnificas, yo buscaba una estrella pequeña, pero de luz muy pura y muy clara, a quien yo llamaba mi estrella.
En seguida miraba los muebles del cuarto, que la. noche iba transformando en monstruos y seres irreales. El ropero, un gigan te de aspecto bonachón; la cómoda, una señora obesa; la mesa, un gnomo de piernas torcidas, comenzaban a bailar, tomados de la mano. Las figuras del papel que cubría la pared, los muñecos de por celana de la repisa y multitud de duendecitos salidos de todos los rincones de la habitación entraban, a poco, en la ronda que, de repente se esfumaba sin saber por qué.
Mi cabeza se hundia en la almohada. Entonces la noche se a cercaba a mi y sus dedos delicados rozaban mi frente. me conta ba cuentos, cuentos más hermosos que los de mis libros, me mostraba estampas de una gracia exquisita y, envolvie ndome en sus brazos amorosos, me llevaba muy lejos a la región misteriosa de los sueños, al pais de las maravillas. Ah, en verdad, que la noche ra mi amiga!
Marin Wie A4.