El eiéreito imperial, por Grosz dad de la via del arte: la técnica es el bien común de las grandes masas. Entonces. qué hacer? Todo lo que hemos dicho precedentemente indica solo una solución: la liquidaeión del arte. sin embargo esta solución no puede satisfacernos. De qué depende esto?
Lo que nosotros hemos definido al principio como el elemento interior y elevado del arte nos parece contener otras cosas que hacen que se sea arista. No es un capri cho sino un real impulso que obliga a persistir a los hombres, a veces hasta cuando se encuentran. en la más áspera miseria, a obrar como artistas. Ellos creen inquebrantable mente que hay todavía cosas por decir, que solo el artista puede decir y que deben ser dichas. si la época presente no quiere escucharles, entonces la consolación de estos hombres es que están llamados a crear obras eternas. Así nos encontramos ante un hecho sorprendente: un número considerable de hombres, frecuentemente muy bien dota dos trabajan toda una vida aparentemente sin objeto y se aferran solamente a estas dos nociones de pºrvenir y de eternidad que les permiten no ocuparse de todos los pe queños cuidados y de todas las heridas de nuestra vida.
Consiguen exponer sus obras en galerías privadas, alguna vez aún en museos. Pero. es este el objeto fijado a nuestros esfue rzos. Ser admirados en las galerías. Pensais por azar, que Grunewald habría compuesto su Altar de lsoenheiner para Cassirer. Lo que yo digo no es una ironía cualquiera, sino un problema: el problema de la situación del artista sobre todo en la sociedad actual. El artista se encuentra en un impasse. es atormentado materialmente y, la mayor parte del tiem. po, devorado poreu inspiración individual. por qué todo esto? Lo hemos dicho: por el porvenir, por la eternidad. Nos será permitido detenernos en el sentido de estas no. 1: propiamente dichas. Si estuviese bien demostrado 25.
ºque la eternidad no es otra cosa que la Continuación del, porvenir, podriamos entonces limitamos al porvenir. Se sobreentiende que el artista para pintar no espera el reco.
nocimiento de un porvenir en el cual no hubiese ya hon bre. Si las generaciones futuras debiesen mostrar recono.
cimiento hacia las obras que no han recibido ahora su con sagración, entonces las artistas tendrian razones para crear, Si la Humanidad continuase, siendo la misma, no tendrían ninguna. La Humanidad debe transformarse, pues. Yo sostengo firmemente que cada artista que cuenta con el re conocimiento futuro, tiene la esperanza inexpresada de que las condiciºnes humanas cambiarán y que, como artista, ayuda ciertamente a obtener este cambio. Ordinaria mente se liamaaun hombre que quiere transformar el mundo un revolucionario y asi se explica el hecho paradojal de que estos hombres extraños de largos cabellos que habitan los pisos quintos de grandes ciudades, estos hombres que no tirarían una piedra a un gato y que tienen miedo de sus porteros, se entadarían más allá de toda expresión si se pusiese en duda que sus capacidades sirven al progreso.
He conocido este contraste bizarro; si quereis puedo mostraros, por mi propia evolución, que es realmente un elan revolucionario el que agúijonea al artista.
Durante largo tiempo se ha admitido que un verdadero ¡pintor debería ser tonto. Es esto verdad? Acaso la vieja sabiduría de las naciones no llama a los artistas la elite de la nación. Los que forman la elite de la nación deben limitarse solamente a cultivar sus sentimientos y, para 1o demás ser imbéciles sin conciencia y sin saber? Si es así. entonces los artistas tienen razón de creer que son revolucio. narios, al contentarse con pintar del principio al fin del año, esperando un porvenir mejor. Pero mi opinión es que no tienen el derecho de ser así. Justamente un artista debe ensanchar continuamente su consciencia y su conocimiento aún cuando corra el riesgo de no amar sino de odiar.
Cuando comencé a vivir conscientemente el mundo. descubrí pronto que nada tenía que hacer con la bondad, con la gloria y ante todo con mis prójimos. Era entonces idealista y todávia muy romántico; me sentía solo y me en.
cerraba en mi. lgnorante como era sobre estimaba el artey llegaba a puntos de ista completamente erróneos.
Tenia escamas sobre los ojos. Odiaba a los hombres y miraba todo de lo alto de mi pequeño taller sobre los te chos. Sobre mi ymi lado habia pequeños burgueses, pro.
pietarios y comerciantes cuyas charlas e ideas me repugna ban. Yo me hacía así un verdadero individualista misán tropoy escéptico. Creía, estúpido eiluso que había adqui rido la sabiduría y el conocimiento y me sentia orgulloso porque pensaba atravezar la tonteria que me rodeaba como una nube. Comenzaba a hacer dibujos que eran el refle jo del odio que sentía. Vo dibujaba por ejemplo una mesa de habitués de Siechem donde los hombres estaban»
sentados como gruesas masas de carne. dentro de odiosos vestidos grises. Para adquirir un estilo que tradujese la dureza grotesca y verdadera de la antipatía que queria ex presar, estudiaba las manifestaciones inmediatas del instinto artístico. Copiaba en los urinarios los dibujos populares queme parecían seria expresiónbreve de un sentimiento fuer te. Meinspiraba también en los dibujos de los niños, a causade su ingenuidad. Así lograba poco a poco este estilo cortante cómo un cuchillo que deseaba adquirir para interpretar las observaciones que me dictaba el odio abso luto de los hombres que yo sentía entonces. Anotaba en las calles, en los cafés, en las. Varietés. etc. en peque ños cuadernos»y con gran cuidado mis observaciones y de paso analizaba, a veces por escrito, mi impresión. En esta época, antes de la guerra, yo proyectaba una gran obra en tres partes. La fealdad de los alemanes. que no avanzó más allá del rimer ca ¡tulo or ue Malik Verlag (2) no existía aú q Después vine a París. París no me hizo una impre sión particular. Yo no participaba del entusiasmo exaltado que se tiene por esta ciudad de cándidos. En resú. men, se puede decir que en esta época de antes de la guerra, mis. conclusiones eran las siguientes: Los hombres