F u 76. REP ÉRTOIÏIO AMERICANO a Caminonl Volcán Por ¡aya! VA RDR OPPER En Rep: Anzer. Frente a la casa, el coche azul se habia parado hacía, tiempo. El conductor, un hombre ya avanzado de edad tenía, a pesarde sus años, el pelo negro, tupido. En la mano, con un movimiento giratorio, torcía lentamente el tallo de un lirio, un Agapanthus, que acababa de coger de un jardín particular que lindaba la calle. Sólo parque le daba la real gana.
El. día estaba anublado y por eso estaba contento. Le convenían las nubes. Salir así de paseo, sentirse detrásidel volante de un coche nuevo, marca Dodge, su favorita, le proporl cionabauna felicidad intensa. Siempre dge. En su vida había usado otra marca. La costumbre, la sagra. da costumbre traía consigo la bendi ción de una tradición arraigada en la neblina del pasado. Un. pasado, sin recordar del era. Por cierto un detalle que le haembargo, que prefería no i (todo. Para si mismo, hubo que confesar que el color azul claro le chocó un. poco; Hubiera preferido uno negro, lo mismo que los antepasados del coche actual. Pero en ese momento, ni eso le molestaba. Ni el color azul, ni.
el gris oscuro del cielo. Se sintió li, bre, ante todo libre, limitado solo por las horas disponibles del dia, y los kilómetros de la carretera por delante.
Reglamentado solo por el dictamen del capricho del momento. Capricho de Maristela.
Buen trecho quedó esperando delante de la casa, Los minutos, ayer e tan lentos, mientras que esperaba la. llegada del coche azul due venia a recogerlo del Sanatorio. hoy le parecían volar. Hasta saboreaba con placer la tardanza de ItIaristela.
Iba a venir, eso de cierto. Porque la habia prometido. Su primer viaje juntos, después de dos meses en la clínica. el estreno del coche nuevo, apenas traído a Limón por la Flota Blanca. Un sentimiento de bienestar le invadió el cuerpo dejándole esparcido, los miembros relajados. Ya todo, estaba preparado para el viaje cigarrillos para Ivlaristela, marca Emu, su marca predilecta; galletas Maria, que le encantaban, coñac por si acaso se mareaban, un sarape rojo cuadrado que había comprado en Oaxaca. Tan frios que Maristela siempre traía los pies!
Ya la puerta de la casa se abria.
Las voces animadas lo aclamaron. las campanas doblaron.
Un momento le quedaba; frunció el entrecejo, abrió el compartamento de guantes, echój. un vistazo rápido y lo volvió a cerrar. Notó entonces que eran dos que bajaban, Iviarístela y su hermanita menor, la Rosamari. Sonaron una serie de ruidos distin. tds los numerosos adioses de madre e hijas, el rechinar de las puertas, el perro de aguas que atillaba su despedida, y losgruñidos de un peón que arreaba una yunta de bueyes al pasar el coche. en la torre de la iglesia Maristela. en el momento de subir. sedetuvo, señalando con el dedo el lado derecho del coche. Aquí, qué fue? Faltaialgo. es que ya 11a chocado con algo, y eso en el precioso coche nuevo?
Gil salió coriiendo. a ver ¿lo que bía escapado la atención hasta el momento. Faltaba la pequeñaïueda en que venía escrito el nombre de1 coche.
Alguien se la había quitado. descui dando los rasguños que dejó marcados en la puerta. Gil se encogió de hombros. Así era la gente. Lo de siempre Puro vandalismo. Para qué sirviera eso.
Venderlo seria imposible. Robarlo por robar. Disgustadmquedó contemplandolo hasta que la voz de Rosamari, impaciente le hizo subir de nuevo al coche.
Maristela, observándole repentinamente e abrumado como si llevara la muerte a cuestas, trató de animarle.
No era culpa suya. El no tenía la responsabilidad por la pérdida de la ruedita. Su padre no le ibaa regañar. Ellas serían testigos de que se lo habían robado. En todo caso, no era para tanto. Alguien se lo había llevado una marca registrada, que poco importaba, puesto que todo el mundo sabía distinguir un Dodge. Los coches, si, eran fáciles de distinguir. Los hombres, al contrario. Tratándose de seres humanos, tan dific1l era reconocer los distintos tipos. En marcha, Gil. Adelante. No vamos camino a un funeral. Ande, apúrese. La voz de la menor interpuso como un chuzo. si encuentro al ladrón, le pego un tiro para Ud. Gil. Ande, despabílese.
Gil la miró detenidamente. Rosamari viajaba bajo el mandato de su las uñas pintadas, nn color vivo, ensangrentado que reflejaba el clavel prendido en las trenzas. El papel que desempeñaba nada le agradó. Pero ella, inconscientenle sonrió inocentemente.
Vamos al volcán, verdad, Gil. Qué bien! No he vuelto a ir desde laúltimavez que nos llevó, hace ahorados meses, inmediatamente antes de. Maristela intervino, dejando indistintas las últimas palabras.
rape! Primeravez que lo veo yo. ese dibujoxque lleva. qué curiosol tó Gil. Es el diseño típico de los sarapes de Oaxaca. Su marca distinti: va, digamos. Maristela se sonrió. Ya una vez pasada la esquina peligrosa, podían seguir sin interrupción los comentarios de Rosamari. De pronto. Gil se fijó en los pantalones que llevaba Rgsamzïri, y se lanzó al combate. R0samari seguia callada, escuchando. a medias, más absorta en el stirtido de galletas que en la doctrifia que le predióaba Gil. Luego abrió la carte ra de ante que llevaba y sacó un pañuelo bordado de mariposas verdes.
Llevaba dentro la plata que su abuelito le había dado para su cumpleaños; todavía le quedaba el placer de gastarla.
Gil, observándola, comenzó de repente a hablarle duro. Las pantalones los llevaban los hombres. Eran la marca registrada del sexo masculino. Ella no tenía ningún derecho a usarlos. Así se echaba aperder la generación joven. Rosamari se quedó mirándole, ató a nita. En su vida le habia tratado así Gil. Como si en estos dos meses de retiro en la clínica. se le había tras toruado el juicio. Se lanzó ella a la defensa, determinado de tomarle el pelo. Su madre no podría tacharle de falta de respeto en esta ocasión. sus pantalones, Gil. Cómo se le ocurrió comprar pantalones verdes Color que lleva las mujeres. Don Gil de las calzas verdes. Vos sos viejo verde, verdad, Maristela?
Ésta tomándole el pulso a la situación, u; calmó un poco, la mano enel hombro. El contacto leve de la piel suave, le tranquilizó, y la cara llena de preocupación le indicó a Gil la verdad. No sea tanflbravo, Gil. Rosamari es todavía Lina chiquita. mi hermana, añadió, en sordina.
Gil contemplaba unos momentos la cara amada, acariciando con su miramadre, Gil notó con desdén que traía da larga la perfección de forma de su cua. Este documento es propiedad de Ia Biblioteca electronica Scriptorium de Ia Universidad Nacional, Costa Rica OhGill Por eso ha traido el sa No lo conoces, Maristela? pregtm