Amauta estrechas de un puñado de puritanos que desde 1608 parecen no haber aprendido nada, se obstina en reducir todo a una brutal oposición de luz y de sombra. Del lado de la luz, el matrimonio, que teñido ultramar por impecable, pretende constituír la única respuesta al llamado de los sexos. Del lado de la sombra, el amor fuera del matrimonio que aparecería dotado de los peores caracteres del crimen, iba a decir de la bestialidad, si no se encontrase, ante todo, marcado por el sello de la no existencia, en la virtuosa América. Es, en efecto, absolutamente convenido que tal clase de amor no existe en He aquí por gué su revelación es castigada ahí por penas tan severas.
En el extremo opuesto de esta ficción, el código ruso, como se ha visto, ha tomado posición con una franqueza, con una honradez decisiHay que reconocer que entre estos dos extremos, las leyes europeas, mezclando el legado del pasado a ensayos tímidos, tienen un aspecto de pobre mediocridad o, más bien, de incoherencia. En Francia, particularmente, un estatuto caduco demora en acordar a la mujer la completa igualdad civil o política. Con todo, nuestras costumbres francesas, por mediocres que parezcan, valen más que las leyes: hace falta haber viajado por el extranjero para apreciar el valor de ciertas ligerezas de nuestra raza y mesurar el valor de una sonrisa para resolver algunos problemas.
vas.
Una gran parte de la obra soviética se presenta bajo el signo de una implacable autoridad. Pero la emancipación de la mujer y de las costumbres es un hecho tan considerable que esto consigue contrabalancear aquello. Junto a la indomable fantasía del espíritu eslavo, esta emancipación da al viajero francés que se aventura en Rusia una impresión de libertad que, desde el exterior, la severa dictadura revolucionaria no le hacía absolutamente prever. Sorpresa inversa a la que aguarda al europeo en los Estados Unidos, donde la coacción sexual se añade a la tiranía del conformismo y a la del trabajo forzado, para crear, a pesar de la soberbia energía de ese pueblo, una atmósfera casi irrespirable.
Todo sumado: en el Nuevo Mundo, la deificación de la mujer y los tabús de una moralidad estrecha jugando un rol excesivo; en nuestro continente, la arbitrariedad del macho ocupando frecuentemente el lugar de la justicia. Todo no es perfecto en la noción que la tiene de las relaciones sexuales: es sin embargo, ahí donde parecen haber sido consideradas de la manera más libre, más humana. bien. No hemos indicado todavía el rasgo dominante de estas costumbres nuevas. No es la prostitución, excepción ínfima. Ni la sutil complejidad de las pasiones, a pesar de la profundidad que manifiestan. Ni siquiera esa libertad introducida en el matrimonio con tanta audacia. El mayor poder de la vida sexual rusa? Signo de vigor y de salud: es aquello que la pareja porta en sí de porvenir, fes el niño. Traducido expresamente para AMAUTA del notable libro de Luc Durtain AUTRE EUROPE. Moscou et sa Foi. Segunda edición. NRF. París. 1928.