. Amauta tre Carlos, Alfonso y Felipe no había de común sino el parentesco fisico. Deseo, expuso, Felipe, trabajar con Uds. en la hacienda. He vuelto de Europa con la ilusión de continuar, al lado de Uds. la obra de nuestro padre. Allá. créanme, he padecido tremendamen, te del mal du pays. Estrañaba estos campos, estrañaba nuestra casa; me hacia falta el amor de nuestra madre. Déjenme ayudarlos; yo no pido, ni quiero ganancias, sólo anhelo hacer obra con Uds. a. Todo eso está muy bien Pero no podemos concederte lo que nos pides. Hablaba Alfonso, el mayor. Carlos, con su actitud, aprobaba todo lo que decía su hermano. Por qué. Qué motivos tienes para ello. Tú piensas y sientes distinto que nosotros. Has traido del extranjero ideas revolucionarias, ideas que nosotros no comprendemos, ni admitimos. Quisieras. para favorecer a peones y arrendatarios reducir al minimum nuestras ganancias. Te has revelado como un socialista peligroso y además eres un poeta sin sentido comercial. aqui debes saberlo estamos para hacernos ricos. Unñmonos, Alfonso, hagámonos concesiones mutuas. Aqui no pueden mandar más de dos. Quédate en la ha cienda, si te gusta, pero no podemos darte trabajo. Tu propuesta me ofende, Alfonso. Cómo crees que podria permanecer, aqui, inactivo, más cuando pienso casarme. Casarte. ¿quién es la elegida de tu corazón. Ahora hablaba Carlos y sus ojos brillaban casi salvajemente. La elegida de mi corazón. como tu dices con propósito de ironizar es la prometida de mi adolescencia: Isabel.
Carlos se rió sardónicamente. Pues eso también te va a ser imposible.
iida de tu adolescencia, es, ahora, mi novia. Tu novia. No te creo. Pregúntaselo ella. Acaso te iba a esperar, ella, diez años, estando yo aquí. Su belleza, su gracia, sus ansias de amar no podian consumirse en una espera angustiosa y estéril. Las promesas de los quince años. qué valen ante las exigencias de la Vida? Isabel será mi esposa, aunque tu hayas regresado, Felipe Tienes razón, Carlos. ella también. Para Isabel tu eres la realidad; yo no he sido más que un ensueño fugaz. No me. ue dl sino marcharme. Otra vez las maletas cubiertas de etiquetas multicolores nombres de puertos y de ciudades; Colón. La Habana, Londres, Paris, Viena. Felipe deía la hacienda, no para volver a Europa Má. r1 a. X i. eásé.
Isabel, la prome que ya no lo tienta, ni lo atrae, sino para irse a. la montaña a intentar la aventura emocionante de la colonización. Su tierra lo echa, pero él lle vará. otras regiones de ese Perú, qué aprendió a amar en el extranjero, sus energías, su juventud, su entusiasmo y su inteligencia. Es la última noche que pasa en El Naranjal. cerca de su madre. En el cuarto de la viuda de don Alfonso Morales alli todavia hay buenos viejos muebles de familia y retratos de antepa sados el joven está sentado a los pies de su madre. La señora llora silenciosamente con, dolor profundo, con pena inmensa. Se vuelve a ir Felipe, el más bueno, el más tierno. y por eso. el predilecto de sus hijos. Se vuelve a ir y esto es lo más dolo roso, quizás obligado por sus hermanos que son duros, ásperos, inhumanos. Ah ella. a pesar de quererlos como quieren las ma dre: los conoce bien. Cuánto no la han hecho sufrir con esa aspereza y esa inhumanidadl. Se vá el hijo bueno, el del com zón amplio y noble, el de las ternura! delicadas. el de la generasidad sin limites. la viuda de don Alfonso Morales llora suavemente, calladamente, su mano fina y ya arrugada en las de Folipe. Por la habitación vi y viene, quejándose como una criatuo ¡ra, la Baltasara. Mi niño querido. por qué te vuelves a ir? Cuando regreses ya tu vieja se habra muerto. Mamá; ya es tarde, anda acuéstate.
Mira que mañana debes levantarte. tú también, hijito.
temprano. Sí, mamá. Pero antes voy a tomar un poco de aire.
Felipe besa y abraza a su madre, saliendo, en seguida, fuera de la casa. En el cielo casi negro la Cruz del Sur se abre como.
un simbolo. Morales mira el firmamento, mira los campos; es su adiós a esa tierra que, quien sabe, no volverá a ver. La noche huele a flores y a plantas silvestres: jazmines, madresslva, tomillo.
romero, malva. Las luciérnagas puntos de fuego en la som bra. se posan sobre los árboles, sobre las flores. Llegan hasta el joven el rumor de las aguas que corren, el canto de un grillo escondido en la. yerba y el aullido penetrante y destemplado de un gato montés. Felipe, ante todas estas cosas; ritmos del mundo, poesia del universo, reconoce su error. que es el de tantos jóvenes perua nos. el haber entregado los mejores años de su juventud a paises extraños, el haberse desarraigado todavía inexperto de su hogar, donde ha sido recibido, después. sin afecto y sin calor.
Y, melancólicamente, murmura mientras el mundo reposa bajo los cielos estrellados. Acaso mis hermanos estén en lo cierto y no sea yo más que un forastero. Miraflores, Marzo, 1928. a01 o oc osé SA BOGA l.