Amauta. Pues es el caso, señor don Felipe, que los señores don Carlos y don Alfonso nos han notificado, subiéndonos el arriendo de las ¡tierna. Claro que ellos tendrán sus motivos para hacerlo, pero. es el caso que nosotros no podemos pagar más de lo que pagamos.
Lo que rinden las huertas y las chácaras apenas nos da para vivir.
Ud. sabe como se ha puesto la vida de cara con esto del progreso.
Nos es imposible aumentar el precio de las verduras y de las frutas porque la gente no pagaria y también, señor. es un pecado que ret negociar con lo que produce la tierra. Porque la tierra es de todos, señor, y a ella hemos de volver un dia. Siga Ud. don Antonio. El caso es, señor, que los señores don Carlos y don Altonlº nos echan de la hacienda sino pagamos lo que nos piden. ¿adónde hemos de ir, señor? Después de tantos años. qué hariamos en otra parte! Aqui han nacido y se han criado nuestros hijos, aqui nos hemos envejecido y aqui quisiéramos morir. Ud. señor don Felipe, ha de tener mucha influencia sobre sus hermanos. Que le van a negar a Ud. que ha regresado después de tan larga au. sencinl. Pide por nosotros, señor, para que no tengamos que dejar estos campos, que tanto queremos. Bien. mi amigo. Yo hablaré con mis hermanos. Por estima ción a Uds. y por el recuerdo de mi padre sentiría muchisimo se fueran Uds. de El Naranjal.
Se despidieron los arrendatarios y Felipe se fué a buscar a sus hermanos. Pensaba defender la causa de esos hombres rudos, honrados y buenos como la suya propia. Pero no contaba con la dureza y con la, avaricia de Carlos y de Alfonso que desde las Primeras palabras, se negaron rotundamente a toda concesión. Lo que nos pides es imposible. Lo que pagan estos hombres es ridiculo; quince, diez, ocho libras anuales. esos terrenos pueden rendir cinco veces más. Hace más de treinta años que trabajan en la hacienda.
Nuestro padre los estimaba y los quería. Felipe creia ablandar la voluntad de sus hermanos, hablándoles de su padre. En este asunto queda excluido todo sentimentalismo. Es cuestión de negocios y tu sabrás lo que dicen los franceses: le: affníru aont le: uff inn. Hay que saber defenderse en la vida, Fe. lips. Hay que ser, ante todo práctico. Alfonso dió un brusco golpe sobre la mesa. Felipe lo mi raba y se asombraba de que aquel hombre seco, ávido de dinero, hinchado devanidad fuera hijo de ese don Alfonso Morales tan nºble, tan generoso. tan desinteresado y tan sencillo. Pero, haciendo un último esfuerzo en favor de los colonos, dijo. Los arrendatarios de El Naranjal son buenos agriculto Tei. verdaderos hombres de campo, de esos que contribuyen a la Prosperidad de una hacienda. Si se van El Naranjal perderá nos buenos, unos utilisimos axiliares. Si se van que es lo que nos conviene sembraremos algodón y ganaremos muy buenas libras. no hablemos más de este asunto, Felipe. Tu no entiendes de negocios y con tus sentimentalismos lo echarias a perder todo. Porque al fin y al cabo, tu no eres más que un poeta. querido hermano. VI Montado en uno de los pocos caballos que quedaban en la haCíendn un animal nervioso y fino, de mirada inteligente y4bri Into pelaje negro Felipe vagaba por el campo. Como la haciendº era bastante grande, todavia permanecían algunos sitios sin Sembrar. El joven buscaba estos rincones un poco salvajes y soli rios grandes árboles llenos de cantos de tur pieles, pequeñas Praderas donde la yerba crecía libremente. senderos apenas razad os, bosquecillos de los que, a veces. salia corriendo un liebre o. venado donde se escuchaba en toda su plenitud los melodia 50! rumores de la naturaleza.
Morales traía el espiritu amargado, entristecido. Este regreso su hogar y a su tierra que fuera una de sus mas queridas ilu! iones ¡cuántos desencantos la venia ofreciendo! la vieja casa tall cambiada, sus hermanos con gustos, ideas y sentimientos to talmente distintos de los suyos y, flotando en el ambiente. no sé quº recelo, que hostilidad contra el, cuya alma estaba anhelante de. Ifecto y de ternura. no solamente en su casa. se notaba ese afán tan mal orienhdo de europeización. También en la ciudad se advertían una ler ¡e de transformaciones, que le restaban belleza y carácter. Mude las amplias casonas de macizos portones y espaciosos pa. tlos habian sido demolidss para dar lugar a unas feisimas cons. zu »m a ta y xmze wm 19 rooms a: españa o A; NGE Aqui estoy sobre mis montes, Pastor de mis soledades. Los cios fieros clavados Como ar. ones en el aire. La cayada de mi verso Apuntalando lau talrde.
Quiebra la luz en mis ojos. La perfección de sus mármoles. Tiene el tiempo en mis oídos Retumbos de tempestades.
Mi corazón acelera Sobre los motores graves.
Vibra mi sien al zumbido De los vientos pertinaces.
Vo aqui estoy sobre mis montes. Pastor de mis soledades. Penso GA RFIAS trucciones de estilo yanqui. En la plaza grande habian sido cortados los hermosisimos ficus. en la iglesia aquel Señor de la. Caña, venerado por todos los indios de la región, no estaba ya en el altar mayor; un Corazón de Jesús bonito y amanerado, prove y niente de algún bazar de Saint Sulpice, ocupaba el sitio de la antigua imágen toda perfumada de oraciones, toda impregnada y sa. turada de lágriinas y de suspiros. Morales, herido en su sensibilidad de artista, se fué sin poder contener su indignación donde el cura, un gallego a la vez astuto y burdo, que se explicó asi. Mire Ud. señor Morales; el Corazón de Jesús es la devo ción de los tiempos actuales. Además las Hijas de Maria, señoritas muy virtuosas y de buena posición social, regalaron a la iglesia esta estatua, con el propósito de que ocupara el lugar de prefe rencia. por cierto, que habia que darles gusto, aunque a los indios no les hiciera gracia el cambio. no le parece a Ud. Pensando en todas estas cosas que le dolian y le ensombre cian el espiritu recorría el joven la campiña de El Naranjal. Ya estaba lejos de las plantaciones de algodón, de los cañaverales y ariozales menos numerosos, el algodón era más lucrativo de last cbacaras y huertas de los arrendatarios y frente a él se extendía.
inculto, vasto y majestuoso, el campo. Felipe se detuvo al pié de una acequia para que el caballo bebiera. La alegria de la mañana, la serenidad que iiradiaba el paisaje suavizaban poco a poco su. angustia y su tristeza. Felipe se sentia hombre de campo hablaban en él varias generaciones de agricultores. hijo de esa tierra, cuyo. olor subia en esos momentos, hacia él, fortaleciendo su voluntad, templando su ánimo. Trabajar estos campos. Dejar para siempre la ciudad.
y con Isabel cerca de mi, dándome la infinita dulzura de su carl rño. Ah! si he de entenderme con mis hermanos. Juntos hemos de continuar la obra de nuestro padre.
Un tordo cantó en un chirimoyo cercano. Su canción subió al cielo como un canto de júbilo y de esperanza. 4pv:5 sné r zxw. So