Amauta. ños en absoluto al problema de la libertad individual y se resuelven en el hallazgo de. una estructura jurídica más justa, que permita reducir la cuestión a sus verdaderos términos de simple tecnicismo económico aplicado a las necesidades y aún a las conveniencias de la comunidad. mi ver, se incurre en error al seguir diciendo libertad de contratar en vez de derecho de contratar. El derecho de contratar. no es un derecho individual propiamente dicho, aunque aparezca. el individuo como titular de él, pero ejercitándolo en la escasa me dida en que debe ser concedido dada su naturaleza social.
Es tan desacertado decir libertad de contratar como sería decir libertad de propiedad. Los derechos individuales verdaderos, los derechos de la personalidad humana, los que constituyen y ase guran la. libertad son subjetivos y. cualitativos. Podría asegurarse que la característica de los verdaderos derechos individuales consiste en que son siempre derechos del hombre sobre si mismo, poder de la conciencia y de la voluntad humana sobre el organismo que integra la personalidad, ejerciéndose por medio de la ejecución de aquellos actos que son propios de la naturaleza del individuo en es tado de convivencia social.
Los derechos patrimoniales, en cambio, son siempre objetivos cuantitativos. Fijan una relación, establecen un vinculo entre el individuo y los bienes; son extraños, exteriores podría decirse a la personalidad humana y por todo eso no forman parte de la libertad.
Creo, como el doctor Palacios, que ya ha caducado cl vetusto derecho quiritario que, absurdamento remozado por la Revolución Francesa y el Cód. de Napoleón, aparece en boca del doctor Zeba llos cuando dice: La libertad de contratar es inalienable; nadie puede impedir a un patrón que contrate con un obrero dispuesto por su expontánea voluntad a trabajar horas, si asi le conviene.
El establecimiento de la jornada depende, pues, de la voluntad del obrero y del patrón, quienes deben discutir y convenir las condi. ciones del trabajo.
Afortunadamente, y aún antes de construirse toda la nueva doctrina juridica que va rectificando al derecho liberal, la legislación del mundo entero pasó sobre los escrúpulos ultra individualistas del doctor Zevallos y contrató ella en lugar del patrón y del ºbrero, fijando a ambos las cláusulas que el interés social, mejor todavía. que la necesidad socisl hacia ineludibles. En efecto, dentro del primer decenio de este siglo los más importantes paises europeos habían ya reconocido y reglamentado el contrato de tra bajo.
Una de las primeras dificultades que presentó la adopción de los nuevos principios jurídicos en que se asentaba la institución del contrato del trabajo, fué la de establecer su naturaleza y, en mayor mdo aún, la necesidad de ubicarla en la legislación, organizada y distribuida de acuerdo a cánones ya muy arraigados, no obstante su reciente consagración a lo largo del siglo XIX. Alemania, Holanda, Suiza, etc. dieron el ejemplo de introduIcir el contrato de trabajo en el Cód. Civil como una forma especial de locación de servicios. Bélgica, en cambio, inició la separación legislativa marcando una disidencia que supone un modo diferente de clasificar el contrato de trabajo, asignándole un carácter distinto al de la locación de servicios. Sin embargo, se descuidaba la cuestión doctrinaria que debió dilucidarse previamente y, no obstante algunas débiles tentativas de construcción metódica, el influjo pragmático de la legislación filé postergando, hasta casi eliminarla, la necesidad de fijar al contrato de trabajo, de una vez por todas, su verdadera naturaleza Juridica.
Quizás haya sido mejor asi. Convertido en hecho social de ¡indispensable realización, bajo el apremio de las circunstancias históricas, el contrato de trabajo se presenta en la legislación mundial en forma de derecho consuetudinario hasta donde es posible en nuestro tiempo, ya que la norma imperativa de la ley, impuesta por la exigencia social, ha precedido. la conceptuación intelectual en la transformación operada.
Por otra parte, las fuerzas conservadoras tal vez no hubiesen mirado con tanta tolerancia la honda conmoción que implica suplantar todo el orden jurídico establecido y, advertidos de la tras ºendencia del cambio, lo habrían impedido o habrian procurado imDedirlo con mayor energía y rigor. Pero ya es tarde para eso. El nuevo derecho realiza el sen tido histórico de este siglo y tiende a conquistar la integridad de u fhwm amw a aw un sistema armonioso y completo, ya que no es posible cohoncstar las transformaciones sociales con los dogmas del viejo derecl. o li heral. En realidad, el nudo mismo del problema jurídico a resolver está en la objeción del doctor Zevallos y en la respuesta que debe dárselo construyendo el sistema, mas no desde un solo punto de vista, como pretendió hacerlo el doctor Bialet Massé en su loable pero inútil empeño de encajar en el viejo molde de nuestro Código el contenido rectificador y totalmente renovador del nuevo dere cho. El riesgo profesional, como forma de solución del problem de la responsabilidad en los accidentes del trabajo, no es más que uno de los aspectos que reviste la gran cuestión que promueve el nuevo derecho y que tiende a reemplazar los cimientos ético juridi cos del orden constitucional por otros más conformes a nuestro criterio actual de la justicia, cada vez más solidarista.
El libro del doctor Palacios es y será la piedra angular del nuevo derecho en la República Argentina. f0bra de un legislador y hombre de acción, tiene la. robustez y la eficacia de un esfuerzo ya realizado y triunfante, que tiende a explicarse en la recapitulación serena y meditativa del reposo bien ganado. En El Nuevo Derecho habla el profesor desde la cátedra, pero no se calla el tribuno, esforzado paladín de la clase proletaria, en cuyo acento vibra todavia, a ratos, la pasión motriz, india.
pensable para erigir a un luchador en campeón de la causa que defiende.
La obra del doctor Palacios es demasiado múltiple y, sobre todo demasiado vasta para que su valoración, por modesta y exigua que sea, quepa en este prólogo. Su figura, ya ilustre en América latina, no ha menester de alabanzas, pero quizás sea conveniente. y recordar una vez más que casi toda nuestra legislación social es el fruto de su labor primigenia, madurada por su impaciencia ju venil y sazonada por la sabia profundidad de su intuición.
No obstante su estructura y contenido de tratado, el libro del doctor Palacios es más bien un sesudo y formidable alegato en defensa del obrero, explicando el proceso histórico de su avance progresivo, logrado objetivamente en la legislación por el esfuerzo de las organizaciones proletarias y a través de la lucha social en el campo económico.
No falta a este libro el tono sentimental un tanto dramático y, a veces, épico, desde que, en cierto modo, es una epopeya; la más grande y trascendental de todas, la más humana, en suma: la epo. peya del trabajo. Por eso, supera al tratado puramente técnico del especialista, frío industrial de la ciencia, que aspira a resolver matemáticamente el problema de la vida. La inteligencia y su lógica tienen un valor exclusivamente instrumental, carente de significación ética. Lo que se renueva, la juventud propiamente dicha, se halla en la sensibilidad y én el impulso, que encuentra siempre una justificación intelectual a posteriori. Lo que suele llamarse ideas en materia social son únicamente impulsos morales, expresados con la vieja lógica inva riable de la inteligencia instrumental, que sirve para todo. De ahi que la originalidad o el genio mismo no puedan ser explicados intelectualmente; pertenecen al drama de la vida y son fuerzas que actúan prescindiendo del comentario ulterior y hasta desdeñándolo. Podría decirse que toda laobra del Dr. Palacios es obra de impulsó y, por ende, obra de juventud. Lo mismo cuando afirma briosameute su verdad doctrinal que cuando la explica con autoridad y erudición de magister. es siempre una fuerza primaria, fresca y lozana la que circula por sus palabras, provocando sugestiones imperiosas de simpatía y de arrastre emocional, cautivandok mucho más el corazón que la cabeza.
De ahi la incomprensión que muestran hacia él las clases conservadoras, cuya actitud reaccionaria podria definirse como una incapacidad ética. Incomprensión de la vejez hacia las cosas nue vas, hacia las formas nuevas y más aún hacia el nuevo sentido de los acontecimientos.
Insensibilidad de vejez agotada ya como aptitud receptiva del impulso; tímpano sin vibraciones que todavía pretende oir y que condena sin haber oído, reaccionando anticipadamente por pura prevención y por puro susto.
Acaso se nos ofrezca asi, con esos caracteres, la revelación, de una mudanza que señala el paso de dos generaciones distintas, situadas en el tiempo una junto a la otra, como dos antenas que el transeunte llega a creer iguales, porque ambas se elevan sobre la normalidad urbana. Y, en efecto, si no emiten una y otra las mismas ondas. es evidente que se hallan a la misma altura.