, Raíces sangres. Amauta A N Uº A Blanca Luz, gran espíritu a las montañas se prende como garfios; mañanas y tardes, lenguas en los rios.
POTENCIA GERMINADORA a puñados la reparten los vientos: es para quemarse como un tallo fresco o ceñir las voces de perfumes niños AQUI PODEMOS JUGAR CON NUESTROS AROS. DE SOLEDAD.
TE RODEA LA CINTURA EL INFINITO DE LA PAMPA.
Cazadora furtiva de lejanias. hilandera de mis días eglogales de tu beso mana un jugo de sankayos ¿Dónde las zanípoñas de tu amor festivo?
Solo hay un corderito que come de tus manos. Wiphala. wipalita. Sol que a sorbos apuro tu piensas robarlo de mis caricias. te delata tu corazón granuja. Ayer llovería cuando hoy tienes el arco iris en tu rebozo.
TE REGALO ESE ABANICO DE MONTANAS.
PARA CUANDO ARDAS EN LA FIESTA DEL KAPO. Qué surcada de reflejos estás ¡milla!
Levantaremos el grito de colores estivales hasta las rocas peladas que nos claman vida.
Tu conoces las hormigas polícromas. en las varas de kinua.
ES LA HORA PATET CA. EN QUE EL SOL ENCIENDE SU ARCO VOLTAICO.
VAMOS AL PASTOREO DEL SILENCIO.
ESTA LA MESETA CON EL CENO DURO EL OJO VIDRIOSO DEL TITIKAKA: AQUI NO SOMOS SINO REMOLINOS, DE FUERZA. Luis ma RODRIGO. Los vecinos se reunieron al rededor de su casa vociferando.
todos los vientos. QUe lo amarrenl Toda la aldea se puso en movimiento, incluso las autoridades que daban órdenes para la perBecución. Laceado igual que un toro por los varayocs fué amarrado en las columnas del Convento, para conducirlo más tarde a la provincia. Agotadas todas las fuerzas se le rasgaba el grito en la boca hundida, con los dientes partidos de querer destrozar el cabestro de piel de vaca que lo ataba. Como última tentativa dilat6 los nervios hasta que se le reventaren de las piemas. Libre, de un añito se puso en media plaza y lanzó su mirada vaciada al cura, teniente gobernador, su mujer y síndico municipal que se apretaban espantados en el pequeño balcón de la Parroquia. Canallas, asesinos, hijos del diablo, ahora me voy donde mi padrino Manuel, el es bueno con los pobres y le contaré que me han querido matar. Fué como el viento que pasó por entre la multitud armada de palos que se escondía debajo de los arcos del Cabildo. Tras él, fueron los varayocs con el lazo en el anca de los caballos lanudos. González rodaba por el camino.
desbarrancada de la montaña el abismo, revolcándose entre los tun. ales amarillos de espinas invisibles. Cada grito que daba al mas ticar la penca verde, retumbaba en los peñascos, dos, tres veces, songrando su cuerpo rasgado por las garras de los magueyes.
Bien pronto llegó la noticia. Pichos, el pueblo de su padrino.
Los vecinos se tocaban de puerta en puerta haciendo huir al gnmd o por medio de hondasos. El gobernador y el alcalde se encontraban en la cosecha de maiz donde tenían a todos los jóvenes. marido.
Era una galga. 35 en. jornada de sol a sol. La madre, la tia Benjamiaa, cerró más pronto que un cerrar de ojos las puertas de la casa y del de pósito de aguardientes con gruesas barretas; asomando la cara con. unos ojos de yegua desbocada por entre el filo de una puerta me dia abierta. Simultáneamente desbordó la noticia en la era. lo mujeres deshojaban las mazorcas de maiz, mientras los hijos lloraban en los rincones hasta limpiar las lágrimas la cara sucia. El gobernador pnseabn. pitando su cigarrillo.
sultos agresivos. Mi prima Hermelínda aderezaba la meri enda del Cómo desde niña padecía de ataques histéricos, ese día quedó muerta por horas. a pesar de la ortiga que le pasaban por el cuerpo. Sus hijos embarrados en su propia deyección, mastica ban la caña de choclo voluptuosamente. Salieron las autoridades hacia el pueblo, armados o revól veres. Lo abandonaban todo de miedo a que se presentase Gonzá. lez o de que en el pueblo mordiese los finos caballos que se inver nnban tras del Panteón. Mi prima les importaba un comino, al hermano y al marido. Primero eran sus caballos. Claro.
Cuando llegaban al pueblo, González Subía la. lomada. Ya los varayoes descansaban en el poyo de la casa, frescos como el agua. esperando las órdenes de la autoridad.
El alcalde recibió la noticia con ir! Lleg6 González a la plaza, normalmente sin ninguna alternción. Al no ser su desnudez, habria sido el mismo de antes. Le corrió una risa de alegría por entre los ojos enrojecidos al ver a su padrino y alcalde en el balcón. Luego se diluyó en un grito al tropezarse en las puertas con los varayocs, fríos como las piedras de los ríos, borrados de toda humanidad cuando son servidores. Retrocedió, arrodillándose frente al balcón con las manos que apretaban mil perdones. rPadrino! no me haga matar, hen venido en busca de su auxilio y de su bondad. Protéjame de esta canalla que dice que estoy. con mal de rabia y se revolcó por el suelo con unos gritos que abrieron grietas a las paredes de las casas, acometiendo ferozmente contra las mujeres que miraban haciendo cruces en el espacio con sus interjecciones.
en actitud de enlazarlo. González corrió por toda la plaza hasta que logró escaparse por uno de los arcos donde cayó a los lazos de. los hombres que le habían colocado a manera de trampa. Una vez amarrado, bajaron el gobernador y el alcalde. Ellos mismos lo ata ron a la columna más fuerte del Cabildo; González había cambiado. de cara, eran puñales sus gritos que se clavaban estrozándose la. mandibula en arrancar astillas de la columna. La comida aventadn desde metros adelante le servía para, embarrarse. La noche la pasó velado por dos guardias que se turnaban entre los indios. Descolgóse la mañana como una araña, lamiendo la piedad de la noche. En el menor descuido rompió las fibras de maguey y en su fuga ciega acometió todos los animales de su paso hasta caer en manos de hombres que barbechaban sus terrenos al sur. Conducido. donde el gobernador, uno de los hombres mostraba el brazo ensangrentad o por un mordizco. Fué el alcalde quien clavó una barreta en la cárcel donde se le amarró después de engrillársele los pies. Varios hombres hacían la guardia. González ya no tenía fuerzas ni para llorar de rabia. Apenas le tomaba la garganta como un volcán. Las moscas pirateaban en la boca y en los ojos dejando un ruido fúnebre alargado en el espacio. Le desataron las amarras del cuerpo y cayó como una barra de fierro. Serían las de la tarde. Aullaban los perros tras de las pircas y las campu nas de la Iglesia volaban sonidos arrancados de la misma garganta de González. La gente se emborrachaba en la tienda del goberna dor, cuando sintió ruido en la cárcel. Era González que salía alar gado, con dirección a la tienda, pero con la bondad más humilde de que es capaz un indio. Antes de poner un pie en la puerta, le enredaba al cuerpo el lazo que tiró el mismo alcalde. fué por úl tima vez que se le amarró en el cedro que crece frente a la IgleSaltaron los varayocs, ágiles como los cabron, sia. Bajaron dos hombres con la boca rasgada desde los ojos. Le. reventaron la cabeza como una rosa del trópico. Los palos sangrados se ancogian en el suelo. Sólo, la tía Benjamina se limpió. ojos con un canto de traje de franela. Serafín Delm México, noviembre 1927 y