. y sagrado. t 0v Por la ventana entraba una claridad pura, que venía a posarse como una gran pincelada de oro sobre un yeso, reproducción de la Victoria de Samotracia.
Asi, bañada de luz la gloriosa mutilada se erguia aú más palpitante, más llena de vida, toda resplandeciente, como un simbolo de triunfo, como un espíritu inmortal Miguel Elguera trabajaba con. ardoroso ahínco, aprovechando la luz próxima a extinguirse. Una hora, quizás menos. duraría aquel esplendor sereno y el cielo comen zaría a teñirse de oro y carmín; el taller se llenaría de sombras; sería preciso dejar el trabajo y cubrir el barro con un lienzo mojado. Las manos de Elguera, nerviosas, inteligentes, robus tas, animaban poco a poco la morena arcilla; el modelo era un muchacho muy hermoso, que bajo la mirada fulgurante del escultor guardaba una inmovilidad casi per e. cta, el ritmo de su respiración levantaba apenas su fuer te y armomoso pecho.
Miguel Elguera sentía que la fiebre del trabajo le quemaba la sangre. Se le escapaba el tiempo y todo él ardía en el deseo de realizar algo aquella tarde. Su mirada dominaba al mozo, que no se atrevía a moverse, a pesar del cansancio. Bajo los dedos del artista el barro id, ea tomando forma; en la materia se encarnaba la ia. Sin interrumpir su labor, Elguera contestó al saludo fe Carlos Oliver y de Pablo Mansilla, que entraron al taler Los dos jóvenes se sentaron y, despues de encen Místico!, del ideal que se siente en ciento de las cani lpdaas que ¡unían sus sonidos como orquestas; en su bai! tmpreswnzsta; en su música laceraníe. El pueblo ruso es buena, dulce, servicial. ingenuo como un niño. He obser Vº dº que le gusta instrulrse. En los museos hay siempre grupos numerosos de puebla que escuchan a un ¡nuestra, que. les dd lecciones de este tiea. Yo vi un inmenso gru Pt aate una escultura de Rodin, haciendo comentarios, discutiendo casi con el maestro; porque el pueblo de Mas es en general instruido; las institutriees y las profesoras campesinas tonoeen el movimiento literario mºderna, hablar: de literatura y. de música de ante guerra con un conºcimiento catedrático, sobre todo de la que se relacio con Francia, porque los. rusos la aman. En el tea 0 de la Gran Opera de Mastu pude apreciar el espl r5tu de este pueblo singularísima, la ví escuchar en silen recogida, la ópera de Barodine, El Príncipe Igor.
Esta sala magnífica de la Opera Imperial hee za solo pa. pr(nclpes. grandes damas, es ocupada hay por los fabu adares de blusa; ya las v! sentadas desde el primer. lso al sítima. Presentaba la sala aunque sin mujeres en! ºyadas. un aspecto magnífico, eon sus innumerables randelabras de cristal y su gigantesca araña en el centro ta da trisada como un ahorro de agua que talgara. Las tor tl lº es: riqu! slmos de damaseos y de tertiopelos, daban un encºntronazo ealafriante alas blusas, y fulgara las caras escuchaban atentas. En las butacas talladas y dahadas de los grandes palcos escénicas, colgados de li ll! lísunas sedas, los trabajadores se solazaban, destansaban 8 sus fatigas, toma los soberanos del nuevo imperiº. y en el centro del teatro, partiéndala en dos como un refulgent. e allar de oro y de rojo, el palco del zar vacía y trágica, coronado por el escudo de los soviets: el Martillo y la Iza: sobre un mundo azul y rojo rodeado. de espigas simbólicas de oro atadas con cintas. El nudo sowétieo sobre el palco del zar vacio era el símbola que dá la soberanía al trabajo.
Ho na POR MARIA WIESSE 35 der unos cigarrillos, se pusieron a Charlar. Algunos instantes después llegaron Luis Esteves, Ricardo Paz. y Julio Silva. Eran las seis y media de la tarde. Basta por hoy, dijo Miguel al modelo. Ven. ma ñana a las nueve. arrojó su mandíl de. labores. con aire de satisfacción; había logrado, venciendo la hora, abocetar la cabeza del muchacho, que ahora se vestía, tras de un biombo, apresuradamente.
El escultor hundió sus aíiebradas manos en una pa langana de agua, después alisó sus rebeldes cabellos negros y arregló el nudo un poco bohemio de la corbata. Has trabajado bien, anotó Carlos Oliver mirando el boceto de su amigo. Vas a realizar una hermosa obra. Cada dia siento más ardor para trabajar, respºndió el artista, y cada día amo más apasionadamente mi arte.
No sé si lo que ahora estoy haciendo será bueno o ma lo; sé unicamente que en este barro voy poniendo todo mi espíritu y todo mi corazón. Cómo se va a llamar tuv nueva obra? preguntó Ricardo Paz. Un ¡oven y nada más. Creo que eso basta. Sabes, que me parece que no es lo suficientemen te expresivo ese nombre. Porqué no le das otro más simbólico, más ideológico?
Elguera rió con aquella risa sonora y franta. que le era peculiar, al oir las observaciones de su amigo. Paz en su afán de sutileza y profundidad oscurecía, a veces su pensamiento. Por lo demás era un buen diablo entusiasta por todas las cosas de arte y muy sincero en la a mistad. Afeeluosamente le objetó Miguel. Algún nombre literario o filosófico para epatar va los burgueses de las letras y a los parvenus del arte.
Algún nombre que dé margen a que los seudo crítico citen a Oscar Wilde y a Camille Mauclair. Querido Rtcardo, no seas tan literato. Déjame mi rústica sencillez.
Esta obra se llamará un joven y nada más. porque. no quiere ser mas que eso: un joven. Oh si pudiera encerrar en este barro la juventud y la hermosura de mi modelo, si verdaderamente esta obra llegara a ser un joven radiante, dinámico y musical!
Un noble ardor iluminaba el rostro varonil de Elguera. Asus fervientes palabras sucedió un momento de silencio y luego prosiguió la charla vehemente, cálida, chispeante. Tódos eran jóvenes; el mayor, Pablo Mansilla, no había cumplido aún treintay dos años. Miguel Elguera estaba en toda la plenitud triunlante de sus treinta años; sus amigos lo admiraban ya como a un maestro y diariamente venían a su taller como a un foco de claridad, de energías espirituales. de altisimas aspiraciones hacia la belleza. El grupo juvenil se prodigaba en discusiones apasionadas y conversaciones inteligentes; unos a otros se comunicaban su fervor por el arte y las ideas. Era justificada la admiración que por Miguel Elguera, sentían Sus amigos. Después de los ensayos y tanteos interesantisimos en Elguera de los primeros años, después de un estudio a conciencia y de una formidable disciplina, Miguel habia entrado de lleno en el camino de una magnífica producción original y viviente; cada obra nueva del joven escultor iba mostrando la fuerza de su talento, que se renovaba constantemente en un perenne anhelo de perfección. Elguera no seguia ninguna escuela, ni se había. enrolado bajo ninguna bandera; era un artista sincero. audaz, libre, inquieto y disciplinado a la vez. Entre sus amigos el mas querido era Carlos Oliver, un muchacho de fino espíritu, gran corazóny luminosa iuteligencia, que impulsado por una verdadera vocación había seguido cursos de medicina. Ahora. desinteresadamente, curaba a todos los po bres que lo solicitaban. No era Oliver de los médicos desti: