Amauta Lulú vestía una batita fresca y dura como una hoja de col. Su rostro, de muñeca de solterona, tenía los colores de. masiado Vivos. Había, sin duda que dejarla envejecer, descolorarse. Daba ganas de colgarla, al sol, de la trenza. Era el terror de las beatas parroquiales: regaba tachuelas en las bancas del templo, llovía el agua bendita sobre las fieles, enamoraba al sacristán, desconcertaba al coro, pisaba todos los callos, apagaba todas las velas. era buena.
Una almita pura que sólo quería alegrar a Dios con sus travesuras. Era una santa a su manera. en medio de aquel rebaño apretado y terco de santas a la manera eclesiástica, la santidad salvaje y humana de Lulú descollaba como una zarza sobre un sembrlo de coliflores. v5 Un aleman zapatonudo que olía a enero y a jabón samtarro alquiló un cuarto lleno de telarañas en casa de Ramón. Habra otro, recien empapeladoytambién en al qu¡l er, pero el telarañoso tenía una ventanaza que dabaa un jardm ageno lleno de saúcos, con un Eros de yeso una lora terrible sobre la cabeza de éste. Una golondri na que cazaba pulgas en el suelo cuando Herr Oswald Tellerºexammaba la habitación atentfsimamente con la lu. Ja redonda de su frente, le decidió áalquilarla sin demo. temeroso de que un tal Herr Zemmer. un tal Herr abermann llcgara a saber que se alquilaba un cuarto con golondrinas y jardin. con Amor y con aires del mar. la manana que srguió esa tarde, los ojos desenzaf OS y legañosos de Ramón vieron bajar de una carreta el retrato de Bismarck, el violín, las polainas, el Ruck 3Ck. los Siete idiomas, el microscopio, el crucifijo y el larro cervecero de Herr Oswald Teller, quien se mudaba mit Kind und Kegel. con todo lo 5uvo.
lAl fm descendió de la carreta Herr Oswald Teller, con ñaaa nohada bajo el brazo, gordo y mojado como la ma tasna, vlenfa él al lado del carretero, y las piernas diminu la se e enredaban en las cerdas de la cola de la mum liue halaba la orpe carreta de plancha. La Martinita.
u a inmensa, Vieja y mañosa como una tia política. err Oswald Teller hablaba al carretero de las mañanas Hannover, de la luna llena, de la ¡ndustrialización de es ºº. de la batalla de Marne; y las erres le salían del cuerrgagº y las miradas le iluían del cerebro; y los ree 05 le patm aban en la nieve azulina de las pupilas; y rr. Oswald Teller paró en seco su charla cuando la cagrtmrta paro en seco su halar. El negro Joaquin masdictÍl su jefa negra e ¡mag maba el mar, remoto y perpenmu! ar, en el mar de la niebla, por entre las orejas de su vans; con un hermetismo y una hosquedad de idolo jala La mebla de la mañana olía a marisco, y el mar esuna suspenso en la niebla. Se desató sobre la vereda trado una oscura, densa, parva. breve, de periódicos ilus alemanes Fliegende Blátter. Garten und Lau m» revistas de carátulas en que había desnudos horribles.
De os jubllos de una pintura arquitectural, wagnerizante.
lerbpul? is todo estuvo en el cuarto de Herr Oswald Tee. Oswald Teller lo acomodaba todo. El pregón al La Cºhera cayo ¡ncsperado en medio del cuarto y.
decla de un mmuto. las seis campanadas de las seis a mañana. Las seis campanadas de las seis de la anana se las metió Herr Oswald Teller en un bolsillo ele a cazadora, y el pregón de la lechera lo prendió en Peine con que se peinaba la calva. Un día Herr ti; ºll Teller confesó a Ramón que, al peinarse él se sen ¡º ¡Z. oha establos, se creía en Hannover; el pregón a lechera todavía era en el peine un reflejo de luz camlººsma, celesta y quieta. Lima las tardes, en las largas prenoches del invierno de Herr Oswald Teller, desde su cum tomohoso, anc 23. la casa de música y recuerdo y genialidad. Mozart.
21 liquidado, descendía las escaleras y se empózaba en las nquedades como una lluviaza que hubiera traspasado los techos. Ramón rabiaba. Retreta clásica. Brrrr. Músi ca vieja, intransigente, que se impone a la admiración de los veinte años fuerza de advertencias, de horribles advertencias de abuela. llenas de sensatez Ramón se alazaba en su butaquita, y se endurecía, y escuchaba, y acababa mareándose, con una flauta mágica en los tim panes. Sol amplio, duro, firme, del acabar de febrero. No hay sombra posible en este mediodia, artificial, exacto, inalterable. La noche no llegará nunca. Son las dos de la tarde, y el sol aún está cenital, a la mitad del cielo en una atracción terca y boba de la tierra. Reiplandece el yeso de las calles el blanco, el amarillo, el verde claro. el azul celeste, el gris perlino. los colores perfectos y prudentes de las casas de Barranco. No huele a nada sino a calor; solamente a calor un sólido olor de aire máximamente dilatado. Suenan metales y lozas en las ventanas. Astas sin banderas con una cuerda ¡asa que se hace un lazo en cima de las cornisas. La campanada de la una del dia deshace en el aire fofo su borra de sonido, y cae sobre Barranco un vuelo de parvas, leves blancuras, plumón de hora que voló al mar.
Fin de almuerzo, que es soledad de calles; y argenti, no, cálido silencio; y rebrillar de calzadas, de redondas piedras auriferas, de piedras de lecho de rio, sedientas y acezantes. Una carreta se lleva, en su cbirriar y en su golpear, toda la fiebre de un jirón de calles que ha recorrido pesadillas, sedes, palatales amarguras, sístoles y diastoles sordos. el jirón, tras la carreta, queda conva lesciente y pálido, sin dolencia y sin salud. la carreta se va a los extramuros a quemar el mal de las calles en la fogata del ocaso remoto. Platanares enla memo. ria El aire se endurece. Cada ruido choca con el aire duro, y es un golpe. Las tres de la tarde. up tranvia canta con todo el alma, con la guitarra del camino de Miraflores, guitarra parda. jaranera, tristona, con dos cuerdas de acero, y en el cuello de ella, la cinta verde de una alameda que bate el aire del mar. Tranvía, zamba tenorio. Wlalecón. el último de Barranco yendo aCho rrillos, zigzagueante, marina en relieve tallada. cuch1llo, juguete de marinero, tan diferente del malecón de Cborrrllos, demasiada luz, horizonte excesivo, cielo obeso en cura de mar. Malecón de Chorrillos, superpanorama con una cuarta dimensión de soledad. todo el mar vana con los malecones: en éste, viaje trasatlántico; en ese, ru ta de Asia; en aquél, la primera enamorada. el mar es un rio de Salgari ouna orilla de Loti o un barco fantástico de Verne, y nunca es el mar glauco, de zonas lividas, incoloras, con hilos de patillos, pleno de cos tas minimas y lejanías blancas. El mar es un alma que tuvrmos, que no sabemos dónde está. que apenas recorda mos nuestra; un alma nueva que es dos 0105 llenos de amplitudes y memorias y limites; un alma que srempre es otra en cada uno de los malecones. Vel mar nunca es el mar frio ynervudo que nos apretaba, en sus lujurias estivales. la niñez y las vacacrones. Malecon lleno de perros lobos y niñeras inglesas, mar domestico. historia de familia, el bisabuelo capitán de fragataof¡hbuste ro del mar de las Antillas, millonario y barbudo. Malecón conjardines antiguos, de rosales débiles y palmeras enanas y sucias; un fox terrier ladra al sol; la soledad delos ranchos se asomaa las ventanas a contemplar el mediodia; un obrero sintrabajo; y luz, la luz del mar, luz humeday cálida. Malecón con cuadros de césped seco; la inquie tud dela primera cita con la muchacha que no amábamos del todo; sobre este malecón hay un c1elo que detona junto al cielo del mar; malecón con sólo una hora de quietud: la delas seis de la tarde.