18 guro de haberla visto alzialguna vez. Pero un sentimiento extraordinario de algo jamás registrado en su sensibilidad y que le nacía del fondo mismo de su ser, le anuneid que se hallaba en presencia del Señor. Tuvo entonces tal cantidad de luz en su pensamiento, que lo poseyó la visión entera de cuanto fue y será, la conciencia integral del tiempo y del es. patio, la imagen plena y una de las casas, el sentido eterna. y esencial de las lindes Un chispazo de sobiiuria le envol vió, dándole, servida en una sola plano, la noción sentimental yfsensitiva, abstracta y terráqueo, nocturna y solar, por e impar, fraccionaria ysinte tica, de su rol permanente. en los destinos de Dios. fué entónces que nada pudo hacer, pensar, querer ni sentir por si mismo ni en si mismo; su personalidad, como yo de egoismo, no pudo sustraerse al corte cordial de sus flancos. En su ser se habia pasado una nota orquestal del infinito, a causa del paso de Jesús y su divino orifiama por la antena mayor de su corazón. Lue go volvió en si, y al sentirse apartar de delante del Señor, condenado a error al acaso, como número disperso, safado de la armonia universal. por una gris eincierta inmensidad, sin alba ni poniente, un dolor indescriptible y nunca expe rimentado en su vida, le colmó el alma hasta la boca. aho gdndole, como si mascase amargas vellones de tinieblas, sin poderlas ni siquiera pasar. Su tormento interior, la funesta desventura de su espiritu no era a causa del perdido paraiso, sino a causa de la expresión de tristeza infinita y hlemanamente mortal que vió a sintió dibujarse enla divi na faz del Nazareno; al llegar, ante sus plantas. Oh qué mortal tristeza la suya, que de ser comparada a su goce en presencia de los niños, habría tirado de golpe la balanza, hacia el lado sin lado y sin platillo! Oh qué humana. tristeza la suya, cual la que vigilá, a la luz de una víspera. fatal, en un yermo olivar de Galilea, su oración ¡nuda ydesolada, cuando goteó en el puro suelo su secreción de sangre y augusta, al compás de estas cárdenas palabras: Padre!
aparta de mi este cáliz! Oh qué infinita tristeza la suya, y cómo no la pudo contener ni el vaso de dos bocas del nilglma! Por ella sufría Benites un dolor desmedido y sin n as. Señorl murmuró suplicante y bañado en llanto, almenos que no sea tánta tu triste za! Al menos, que un poco de ella pase a mi corazón. Alomenos, que las piedreci llas vengan a ayudarme a reflejar tu tristeza. El silencio volvió a imperar en la gran extensión incie a. Seilorl Apaga la lámpara de tu tristeza, que me falta corazón para reflejarla! Qué le hecho de mi sangre?
Dónde esta mi sangre? Ay señor! Tu me la diste, y he aqui que ya, sin saber como la dejé empozada en los rincones de la vida, avara de ella y pobre de ella!
Benites lloró hasta la muerte. Señorl Pero tu sabes de esa sangre. ni blanca ni ne gra, roja como los crepúsculos y las incertidumbres, y I! quida y sin forma, obligada a tomar la forma del lugar que la cobija tú sabes de los lugares de la tierra, con sus recados agudos hasta casi confundir la entrada y la salida en un solo pasaje sin sentido, y con sus curvas tan cerradas y pequeñas que se las tomaria por simples puntos ciegos. Ay señor! Tú me diste la sangre, y yo jul para ella áa¡eurva ciega e inhóspito y el recodo sin entrada ni sa: Se oia callar al Silencio por el lado de la nada. Señor! Yo fui el recodo sin entrada ni salida y la curva ciega e inluíspita en la vida. Cuando pude ser la tersura, el amor y la luz! Cuando pude detenerme en la inocencia, o despecho del tiempo y del espacio! Cuando pude cercenar las cosas por la mitad, tomarme sólo las caras y volver a sacar de los sellos otr as caras y otros más hasta la muerte! Cuando pude borrar de una sola locura los puentes. y los itsmos, los canales y los, estrechos, a ver si asi mi alma se quedaba quieta y contento, tranquila y satisfecha de su isla, de su logo, de su ritmo! Cuando pude matar el matiz, y, convertido en zapador de la probable, apostarme ante todos los tabiques, a blandir a dos manos el número. aunque cayese el golpe sobre la propia sombra de tal arma. AMAUTA Benites lloraba un llanto lejano. Señor! Yo fui el pecadorv tu pobre oveja descarriada. Cuando estuvo en mis manos ser el Adán sin tiempo, sin mediodia, sin tarde, sin noche, sin segundo día! Cuando es tuvo en mis manos embridar y sujetar los rumores edénicos para todo eternidad y salvar la Cambiante en lo Absoluto!
Cuando estuvo en mis manos realizar mis fronteras garra. garra, pico a pico: guija a guija, manzana amanzana! Cuando estuvo en mis manos desgajar los senderos a lo largo y al través, por filamentos, a ver si asi salía ya al encuentro de la Verdad. Una pausa descalza siguió a estas palabras. Señorl Yo fui el delincuente y tu ingrato gusanos sin perdón! Cuando pude no haber nacido siquiera! Cuando pude, al menos, eternizarme en los capullos. en las vísperas y en las madrugadas! Felices los capullos, por que ellos son las joyas notas de los paraísos, aunque haya en sus sella das entrañas una flor de pecado en marcha! Felices lds visperas, por que ellas no han llegado todavía y no han de llegar jamds a la hora de los dias definibles! Felices los madrugadas, por que nadie puede tocarlas ni decir nada de ellas, aunque eneoven soles maléficos! Yo pude ser solamente el óvulo, la nebulosa, el ritmo latente e inmanente. Dios!
Estolld Benites en un grito de desolación y desesperanza sin limites, que luego de apagado, dejó al Silencio modo para siempre. eítorl Pero mi vida ha sido triste y tormentosa! Tú lo sabes. Si tropezaba y golpeaba a un guijarro, éste se pania a llorar, diciendo que el tenia la culpa! Si llamaba a u na puerta para ayudara padecer, se me hacta pdsar aun festín! Qué he podido, pues, hacer, Señor. esu respondió con estas únicas palabres. Ajustarte al sentido de la tierra!
CESAR VALLEJO. Ht. m. vaa 45. a.