. 4 AMAUTA. CAPITULO DE UNA NOVELA INEDITA. Fuera cesó de nevar. El cielo aparecia negrº y bajº.
El Viento también dejó de soplar fierarne nte, yla atmósfera estaba mmo vil y muy enrarecida. Por las sierras del norte se veía el horizonte delineado cºn una claridad apacible y celeste, cºmo si fuese de dia; más la aurora aún no des puntaba, y la obscuridad graznaba a grandes alas negras en la cordillera. La señora se levantó y llegóse con sumo tienta a la cama del enfermo, enjugdndºse las ldgrirnas con un canto de su blusa de negrº percal. Benites continuaba tranquilo. Diºs es muy grande! exclamó ella enternecida yen voz apenas perceptible Ay Divino Cºrazón de jesúsl a. ñadiá levantando lºs ojos a la efigie y juntando las manos. hencluda de inefable frenesí. Tú lo puedes todo. Señor! Vela por tu criatura! Ampdrale y no le abandones! Por tu sant:szma llaga. Padre mío! Prote genos en este valle de lágrimas. Na pudo contenerse y se puso a llorar en silencio, de pié ¡untº a la cabecera del enfermo, el que, con la espalda vuelta a la luz yla cabeza echada hacia atrás, inmóvil, reposabaprºfundameate. Lloré enardecida por las fuertes conmoc:ones de la noche, y al fin did algunºs pasos y fue a sentarse en un banco, rendida de cansanciº y de pesar.
Ahí se quedó adºrmecida porel abatimiento y el insºmnio, cosas excesivas para su avanzada edad y su naturaleza achacosa.
Despertd de súbito, sºbresaltada. La bujia estaba para acabarse y se habla chorreado de una manera extraña, prac. ticando un portillº hondº y anchº, por el que corría la esperma derretido, yendo a amontonarse y enfriarse en un sola punta de la palmatoria, en forma de un paño cerradº.
con el indice alzadº hacia la llama Acomodá la bujia la señora, y, como nºtase que el paciente nº había cambiado de postura y que, antes bien, se guta durmiendo, se inclino a verte el rostro por el ladº de la sombra, donde estaba. Duerme el pobrecito. se dijo, y resolvió no despertarle.
Benites, en medio de las visionos de la fiebre, habia mirado a menudo el cuadrº del Corazón de jesús que estaba al alcance de sus ojos, pendiente en su cabecera. La divi na imágen se mezclaba alas imágenes del delirio, envuelta en un arrebol blanco y estético, semejante a un nevado: era. la cal del muro donde se diseñaba en la realidad. Los alucinaciones se relacionaban con lº que más preocupaba a Be nites en el mundo tangible. tales ccmo el desempeño de su puestº en las minas, su negocio en sociedad con Marino y el deseo de un capital suficiente para ir en segui da a Lima a terminar lº más pronto posible sus estudiºs de ingeniero. Vid que Marino se quedaba con su dinero y lodav a le amenazaba pegarle. ayudado por todos los pobladores de Qaivilca. Benites protestaba enérgicamente, pero. tenia que batirse en retirada. en razón del inmenso número de sus atacantes; cata en la fuga por escarpadas rocas, y al doblar de golpean recodo del terrenº fragorºso, se daba cºnotra parte de sus enemigos y el pánico le hacia dar un salto. Entonces el Corazón de jesús entraba en el con hc to, y espantaba con su sola presencia a los agresores y la drºnes, para luego desaparecer instantáneamente. como un relámpago, y dejarle desamparado en el preciso momento en que el gerente de la Mining Societed se paseaba cºl¿rtcº en el escritorio del Cuzco y le decía: Puede usted irse. La empresa le cancela el nombramiento en atencm a su mala conducta. Es mi última decisión. Benites le rºgaba cruzando las manos lastimeramente. El gerente ordenó a dos criados que le sacasen de la oficina. Venian dos llldlns sonriendo, comº si escarneciesen su desgracia, le cogian por 17 nº u. A PoR CESAR VALLEJO)
los brazos, le arrebatabán y le prºpinaban un empello bratal. Perº el Corazón de Jesús acudía con tal oportunidad que todo volvia a quedar arregladº en su favor. El Señor se esfumaba después como en un vértigo. En una de aquellas intercesiones milagrosas, Jesús se trgutó en el fondo de un infinito espacio azul. rodeado siempre de un gran arco albar. Su sagrado corazo palpitaba con ritmo mansº y melodiºso y casi imperceptible. dejándose ver en toda su incorpo rea celulacio divina, a través de sus vestiduras. El Señor miraba ahora en tºrno suyo cºn aquella tristeza pensativa con que, en las bellas granjas egipcias, siendo niño, contemplaba a josé trabajar humildemente has ta la caida del sol, en su carpinteria solitaria de cedrºs y sdndalºs de oriente. Su mirada era triste y pensativo, y en ella viajaba, en un reflujo eterna e incurable, la visión del patriarca ganando el pan de cada día. Al menos a Benites le daba esta impresión, aunque de una manera nebulo sa y muy extraña, pues no podía poner los ojos en el Señor, que sólo estaba presente en tácita revelacio n, sin ser visto, oido ni tocadº. Su figura llenaba de una gracia ideal y de un sentido esencial la capa del tiempo y la copa del alma.
De repente advirtiº Benites que delante del Señor pasaban de una en una, en un desfile intermitente, algunas persºnas que el no podia reconocer. Entonces le poseyo un pavor repentino, al darse cuenta sólº en ese instante, que asis tia a las últimas sanciones. Pasada la primera impresión, y recuperadº un tanto el dominio de si mismo, angustiado y confuso tºdavía, se dio a recapacitar ya hacer un exámen de conciencia que le permitiera entrever cual sería el lugar de su eterno destino. Pero no tenia tranquilidad para ellº.
Ni siquiera podia coordinar sus ideas acerca del trance en que se hallaba. muchº menos acerca de su vida y conducta. en el nzundo terrenal, del cual apenas guardaba ahora un sentimiento obscuro e impreciso. Intentó de nuevº recordar su vida y sus buenas y malas acciones de la tierra, consi guiendº al fin obtener algunos perfiles. Los primeros en acudir fueron unos recuerdos risueños, a cuya presencia experimentó un pocº de esperanza y de ánimo: eran sus bae nos actos. Recogio tales recuerdos y los colocº en lugar preferente y visible de su pensamiento, por riguroso orden de importancia; abajo. lºs relativos a procederes de bondad más o menos discutible insignificante, y arriba. a la mano, sobre todos, lºs relativos a lºs grandes rasgos de virtud. cayo mérito se denunciaba a la distancia, sin dejar duda de su autenticidad y trascendencia. Luego pidió a su memoria los recuerdos amargºs, y su memoria no le dio ninguna. Es po. sible. pensaba Benites vacilante. Si. Ni un solo recaer da roedor. veces se insinaaba alguno, tímido y borroso, que bien examinadº a la luz de la razón, acababa por desvanecerse en las neutros comisuras de la clasificación de valores, o que, mejor sopesado todavia, llegaba despojarse del tºdo de su tinte culpable, reemplazado éste, nº ya sólº por otro indefinible. sino por el tinte contrario: tal recuerdo resultaba en el fºndo ser el de una acción meritoria que Benites entonces reconocía con verdadera fraicio pao ternal. Felizmente B;. nites era inteligente y habia cultiva. dº con esmero su facultad discursiva y critica, cºn la cual podía ahora profundizar bien las cosas y darles su sentidº verdadero y exactº. De prºnto sintio que se acercaba a jesús. sin haberse dadº cuenta, y lo que es más, sin avanzar, a su entender, pa so algunº en tal prºpósito. Harta animadº por el resultadº de su exámen de conciencia, poco se conturbó ante la in minencia de la hora tremenda que llegaba. Lanzó una mirada en busca del Señor, a quién nº veia y apenas presentia, llenando de su tácita presencia el infinitº espaciº azul. La divina figura dojeslis permanecía invisible siempre a los ojos, y Benites la creia solamente soñar, sm poder estar se.