132 madre! Pero no le roban la leche de sus hijos. MENTIRA. ella también la ordeñan los niñitas de la hacienda. Vacas!
Mujeres! No es posible encontrarlo en otra parte por ahora. Esta de perfil sobre la tarde. Hollando el suelo que el frío comienza a entumecer, saca la cabeza por sobre el mojine te de la chuglla. Tiene metido el chullo hasta cubrirse las orejas y media frente. El chullo es de un tono verduzco oscuro con ornamentaciones rojas de fáciles dibujos expresivos. Los ojos, mirando la lontananza sangrienta de arrebol poseen un dulzor de queja, y una ausencia de abstracción. se desdibuja en la persistencia de una mirada sin pestañeos. Se destacan los pómulos en una ténue sombra violácea cuyo vértice es un tajo lumíneo licuado en los bordes de las jetas.
Será fácil comprenderlo. Es el hombre que domeñó a un toro loco de una fuerza de buey. Es el marido de la Encar na. Acaba de insultar sus espaldas la fuste del karabotas.
Nada ha contestado él a cuantos insultos le echara en el ros tro. Permaneció callado. Hace tiempo comprende que ninguna actitud es mas firme y elocuente que su poderoso silencio. Mira y calla.
De lo que es capaz, sólo una observación atenta podría revelarle. Una frente breve, el macetero y el elmoides, férreas prominencias con el mentón. Todo es agresivo en él: la nariz, afilada en forma de corva, las órbitas dibujadas con dureza, el occipital donde se advierte la acción de una antigua deformidad y el craneo todo estirado en el bregma. Todo el, el ancho cuello y el torax, dan sensación de poder. Debajo de la camisa de cordellate pare ce palpitar con el propio ritmo dela entraña, el deltoides, como en la bestia fatigada. Tanta extraña conformatura esta aforrada de una piel cobriza que el sol bruñe con sus me jores fuegos. No habia. Pero la fogata de occidente en sus últimos resplandores, orifica su perfil metálico. La tristeza de un linaje perdido en el hueso se miraba en su tornide cuerpo de hambriento. El no es originario de la Hacienda.
Ha venido de otras tierras del Ande. Llegó con sus padres muy joven, casi niño. En la hacienda envejeció, en la hacienda tomó mujer y en la hacienda dejó los huesos de sus progenitores. La hacienda venta a ser para él como una deidad ofendida que a cambio del mendrugo le arrebató todo. hasta el honor. Entre las cejas de esta cólera empozada día a día conoció, pues, a Encarna, y tuvo el hijo para quien ambicionaba una suerte menos perra. Encarna compartía con él tales ambiciones. todos los co lonos le oían con agrado.
En la puerta del caserío, el mayordomo borracho furioso, revólver en mano. Rodéanio mujeres y viejos que miran con timidez yespanto. Tatay, es mi hija ¡Debes respetarlal No es para todos, sino para su hombre.
Sin atender a las protestas del anciano, el bruto, riendo acarcajadas arrastra a la india. Te doy mi trabajo, pero no mi familia. Cóbrate en el lo que te debo. Mis hijos son para mi!
Admiránd05e de tal lenguaje, el cholo reía más. Ah! Te lo enseñaron los ramalistas. Se comprende indio bribón. Pero ya irás a pagarlas en la Cárcel.
No se la llevaba impunemente. El viejo arrastrándo se llegó hasta él y le dió un empellón; pero por nada. Pres to le metió tres balas a boca de jarro.
En la explanada todo es alegría bajo la luna. La. gmaestra lleva el tema satírico y le corea el ruedo con alorozo. Ese que está miranda. mejor será que se atreva El charango mantiene con simples motivos melódicas los temas de la danza. Es la kashua. Agarrados de las manos, hombres y mujeres, dan vueltas de graciosas acti. AMAUTA tudes. La naturaleza duerme. El viento silba entre los pajonales. Los perros aullan enla lejanía pastosa mientras los corazones mozos tiemblan por el cercano connubio germinal.
Encarna se entendía con el mayordomo. Los palos menudeaban para el marido. Joven y provocante teman que apetecerla el cura del lugar, el tinterillo el mayordomo.
Estando más cerca, éste aprovechó. Ella, demasrado vxvaz para mujer de pobre, oomprendia las ventajas de su trato con el patrón y no se resistía cuando la oportunidad les brindaba un acercaniiento. El último hijo era evidente mente engendrado por el mayordomo. Todo lo hacia suponer. Sólo el pobre de padre no lo habría creído nunca porque este último chiquillo era sus dos 0105. Encarna, lo trataba mal, muy mal. Parecía despreciarlo. Contestaba casi siempre con indiferencia y dureza. El mando ada entendía de esto. Nadie hablaba nunca delo acontecido.
Es que el mayordomo, mañoso en tales artes, se la llevaba a sitios descampados en llanuras inmensas, donde na die pudiese verlos. nadie los vió hasta entonces. No era bonita Encarna. Era joven y dura, de carnes prietas y sólidas. Sus senos tenian la erectez de los quince años y sus ojos la quemante sensualidad de los ver nt1 cr nco.
Pero ella pasaba los quince. y no llegabaa los vemticmco.
El mayordomo estaba enamorado de Encarna. Le habra propuesto abandonar a su hombre. Estaba enamorado hasta la coronilla.
Con lentitud y gravedad, vacas y toros, abandonan los corrales después de ordeño oloroso. Siguenles, con finos ademanes, llamasy alpal as. Ovejas y cabritos se van alejando también bajo la presión de la hora suave y tónica.
Humean los fogones. Los gallos cantan. Los pajaritos pian en vuelos tensos. Asomadas a las puertas de sus chug llas, las madres entregan los pezones a las boquitas desdentadas de los majjtitos, mientras los hombres se afanan en labores múltiples. Paz que transpira.
El gamonal, de todas maneras, es un poder influyente, relacionado con lo más odoroso y rumboso del centralismo capitalino. Entonces, su interés y el de la ca marilla que lo ha ungido, le obligan a sostener un diario en la provincia escrito por infelices del subsuelo. Toda la basura empleómana está arrodilladaasus piés. Diez años en la Capital, le han dado una forzada distinción. Viste con uno de sus últimos modelos europeos, usa sombrero de copa, y quema cigarros puros, que no recuerdan, por cier to, al sojtapicho pueblerino.
Los cielos nocturnos se suceden, unos tras de otros. sin nubes. Toda la congestión estelar gravita sobre la pam pa, como ubre pletórica de leche estéril. Las chacras están muriendo en las rinconadas asesinadas por el hielo. El in dio prende su fogata en la montaña para ayudar ala tierra, ala madre a producir el calorcito que contrarrestela cuchilla del hielo. Chillan las criaturas en todas direcciones elevando en la extensión ilimitada una sola voz angustiosa, llena de lágrimas, doliente de ladridos y pellizcos y junto a este alarído viene un dolor que tiende a revelarse. Los hombres se han reunido en la cumbre. No es literatura lo que vengo relatando. Los indios van a los picachos como al corazón sigiloso de la tierra a tramar sus venganzas. o a maldecir. Esto no es repito literatura. Literatura es aquello que he oído contar alguna vez de un indio expulsado de la hacienda con sus hijos y que por toda ven. ganza al llegar encima de la cuesta se dió a sonar el phuttuto. Eso es literatura. Literatura es aquello del indio enamorado de la quena, el indio enfermo de tristeza. El indio siendo hombre yde los mejores, no ha de tener tiempo para literatura linfática. Los indios se reunen para maldecir, si no más, al mayordomo, esa bestia carnicera, a los patrones, esas víboras, al párroco, ese bribón, al quelkere, esa zorra. Nadie explica si los verdugos son los actuales poseedores de la Hacienda Los que dominan gozan la utilidad de su trabajo y son causa de sus hambres. ellos, pues, debe encaminarse la venganza. Con aguzar