. la Tercera República, que nacía tan manifiestamente aferra da a los principios centralistas del Consulado y del imperio.
La reforma del 73 aparece como un diseño tfpi. co de la descentralizaclón centralista. No significó una satisfacción a precisas reinvindicaciones del sentimiento regional. Antes bien, los concejos departamentales contra riaban o desahuciaban todo regionalismo orgánico, puesto que reforzaban la artificial división política de la república en departamentos o sea en circunscripciones mantenidas en vista de las necesidades del régimen centralista.
En su estudio sobre el régimen local, Carlos Con cha pretende ue la organización dada a estos cuerpos, calcada sobre a ley francesa de 1871, no respondía a la cultura política de la época. Este es un juicio específicamente civilista sobre. una reforma civilista también. Los concejos departamentales fracasaron por la simple razón de que no correspondian absolutamente a la realidad histó rica del Perú. Estaban destinados a transferir al gamonalismo regional una parte de las obligaciones del poder, cen tral la enseñanza primaria y secundaria, la administración dejusticia, el servicio de. gendarmería y guardia civil. el gamonalismo regional no tenia en verdad mucho interés en asumir todas estas obligaciones, aparte de no tener nin guna aptitud para cumplirlas. El funcionamiento yel mecanismo del sistema eran además. demasiado complicados.
Los concejos constituían una especie de pequeños parla mentos elegidos por los colegios electorales de cada de partamento e integrados por diputados de las municipali dades provinciales. Los grandes caciques vieron naturalmente en estos parlamentos una máquina muy embrollada.
Su interés reclamaba una cosa más sencilla en su composi. ción y en su manejo. Qué podia importarles, de otro lado, la instrucción pública? Estas preocupaciones fastidiosas estaban buenas para el poder central. Los concejos depar tamentales no descansaban, por tanto, ni en el pueblo, extraño al juego político, sobre todo en las masas campesi. as,. ni en los señores feudales y en sus clientelas. La instrtucrón resultaba completamente artificial.
La guerra del 79 decidió la liquidación del experimen. to. Pero los concejos departamentales estaban ya fracasa dos. Prácticamente se había comprobado en sus cortos a ños de vida, que no podían absolver su misión. Cuando pasada la guerra, se sintió la necesidad de reorganizar la ad ministración no se volvió los ojos a la ley del 73.
La ley del 86, que creó las juntas departamentales, correspondió, sin embargo, a la misma orientación. La dife rencia estaba en que esta vez el centralismo formalmente se preocupaba mucho menos de una descentralización de facha da. Las juntas funcionaron hasta el 93 bajo la presidencia de los prefectos. En general, estaban subordinadas total mente a la autoridad del poder central.
Lo que realmente se proponía esta apariencia de des centralización no era el establecimiento de un régimen gra dual de autonomía administrativa de los departamentos.
El Estado no creaba las juntas para atender aspiracicnes regionales. De lo que se trataba era de reducir o suprimir la responsabilidad del poder central en el reparto de los fondos disponibles para la instrucción y la vialidad. Toda la administración continuaba rfgidamente centralizada.
Alos departamentos no se les reconocfa más independencia administrativa quela que se podria llamar la autonomía de su pobreza. Cada departamento debía conformarse, sin fastidio para el poder central, con las escuelas que le consintiese sostener y los caminos que lo autorizase a abrir o re parar el producto de algunos arbitrios. Las juntas depar tamentales no tenlan más objeto que la división por dega rtamentos del presupuesto de instrucción y de obras púmas.
La prueba de que esta fué la verdadera significación de las juntas departamentales nos la proporciona el proceso de su decaimiento y abolición. medida que la hacienda pública convaleció de las consecuencias dela guerra del 79, el poder central comenzó a reasumir las uncrones encargadas a las juntas departamentales. El gobierno tomó integramente en sus manos la instrucción publica. La sa al lado de las entradas fiscales.
29 autoridad del poder central creció en proporción al desarrollo del presupuesto general de la república Las entradas departamentales empezaron a representar muy poca cc. como resultado de este desequilibrio, se fortaleció el centralismo. Las juntas. departamentales reemplazadas por el poder central en las funciones que precariamente les habían sido confiadas, se atrofiaron progresivamente. Cuando ya no les quedaba sino una que otra atribución secundaria de revisión de los actos delos municipios y una que otra función burocrática ens la administración departamental, se produjo su supre 51 La reforma constitucional del 19 no pudo abstener se de dar una satisfacción, formal al menos, al sentimiento regionalista. La más trascendente de sus medidas descentralizadoras la autonomía municipal no ha sido todavía aplicada. Se ha incorporado en la constitución del Esta do el principio dela autonomía municipal. Pero en el meca nismo y en la estructura del régimen local no se ha to cado nada. Por el contrario, se ha retrogradado. El go bierno nombra las municipalidades.
En cambio se ha querido experimentar, sin demora, el sistema de los congresos regionales. Estos parlamentos del norte, el centro yel sur, son una especie de hijuelas del parlamento nacional. Se incuban en el mismo periodo y en la misma atmósfera eleccionaria. Nacen de la misma matriz enla misma fecha. Tienen una misión de legisla ción subsidiaria o adjetiva. Sus propios autores está ya seguramente convencidos de que no sirven para nada. Seis años de experiencia bastan para juzgarlos, en última instancia, como una parodia absurda de descentralización. No hacia falta, en realidad, esta prueba para saber a qué atenerse respectoa su eficacia. La descentralización a que aspira el regionalismo no es legislativa sino administrativa. No se concibe la existencia de una dieta o parlamento regional sin un correspondiente órgano ejecutivo. Multiplicar las legislaturas no es descentralizar.
Los congresos regionales no han venido siquiera a descongestionar el congreso nacional. En las dos cámaras se sigue debatiendo menudos temas locales. e El problema, en suma, ha quedado íntegramente en pl.
CONCLUSIONES He examinado la teoriay la práctica del viejo regio nalismo. Me toca formular mis puntos de vista sobre la. descentralización y concretar los términos en que, a mi juicio, se plantea, para la nueva generación, este problema.
La primera cosa que conviene esclarecer es la solidaridad cel compromiso a que gradualmenle han llegado el gamonalismo regional y el régimen centralista. El ga monalismo pudo manifestarse más o menos federalista y an ti centralista, mientras se elaboraba o maduraba esta solidaridad. Pero, desde que se ha convertido en el mejor ins trumento. en el más eficaz agente de régimen centralista, ha renunciado a toda reinvindicación desagradable a sus aliados de la capital.
Cabe declarar liquidada la antigua oposición entre centralistas yfederalistas de la clase dominante, oposición que, como he remarcado en el curso de mi estudio, no asu mió nunca un carácter dramático. El antagonismo teórico se ha resuelto en un entendimiento práctico. Sólo los gamonales en disfavor ante el poder central se muestran pro pensos a una actitud regionalista que, por supuesto, están resueltos a abandonar apenas mejore su fortuna política. No existe ya, en primer plano, un problema de for4ma de gobierno. Vivimos en una época en que la economía domina y absorve a la política de un modo demasiado evidente. En todos los pueblos del, mundo, no se discute y revisa ya simplemente el mecanismo de la administración sino, capitalmente, las bases económicas del Estado.