136. Qué es lo que tenéis con tanto mirar los cirios?
to. Son gruesos, dijo un aldeano evitando encontrar mis ojos. Si gruesos. pesados, quizá. Mucho. º. No dijeron nada más. Ensayé engullir un poco de pan, beber un trago de vino. No quizo pasar. Me le vanto y parto.
Afuera era casi de noche. Había descansado, pero los cirios estaban pesados de nuevo: Cambio incesante mente de brazo sin resultado. todavía dos leguas, hasta la casa. El camino estaba solitario y lodoso. Mis ore, jas silvaban ora una, ora la otra, seña de que alguno hablaba mal de mi. Saco mi cuchillo de la funda de atras.
lo abro y lo dejo colgar contra mi muslo derecho. Pero, cuán fatigante es en todo tiempo acechar en torno de si! El cuchillo suspendido en su correa, me golpeaba el muslo a cada paso que daba. Me parecía que hacia un hueco en su dirección. Lo cierro y la vuelvo al cinto. Justamente en ese momento, en la noche negra, un macho cabrio, todo negro también, surgió a dos pasos de mi, atravesó el camino y desapareció. aunque yo sepa bien que es un macho cabrio como todos los machos cabrios, uno verdadero que su dueño busca por todas partes, me dije, en alta voz. Es el diablo. Levanté la mano derecha para persigriarme. La mano estaba pesada como el plomo. Pensé. Era el diablo. El que me impide persignarmel estos cirios que se vuelven pesadosy no se ya como tenerlos.
Quiero volver a abrir mi cuchillo, pero no puedo. mi pulso es demasiado débil para vencer la resistencia del resorte. Un signo másde la presencia del lmpurol la noche es tan negra que me duelen los ojos. Al fin, puse mi zurrón en el suelo, apoyé los cirios de pie contra un árbol de la alameda Entonces me di cuenta que seguía un camino falso, paralelo al directo; los árboles son chopos tiernos, derechos y casi tan desnudos como los cirios. Todavía cirios. Toda una alameda! De tristes cirios. apagados y negros.
y No. me dije, esta noche, se acabará mi vida.
No moriré despedazado por un torrente como un bravo plutache; moriré de pavor como un baba. Llegué, sin embargo, a volver a abrir mi cuchillo y a persignarme tres veces. Vuelvo a tomar todo mi cargamento. héme allá chapoteando en el lodo de un campo que cortaba para alcanzar mi camino. De súbito, dos ojos brillaron y avanzaron hacia mi. Sentí encogérseme el corazón. Alforja y cirio se; me escaparon. Grité. Mamá, a. a. a. Un ¡be e et me respondio. Los ojos brillantes desaparecieron. Tarde de la noche, llegué cubierto de lodo y sudoro so. La casa de Sultana estaba muy iluminada, ardían bastantes cirios. De lejos veia la tinda abierta y repleta de gen e. Eso es. dije, la tia ha muerto. Ahora sé el por qué de todas las señas de desgracia en mi camino.
No sabia nada del todo, porque la vieja estaba allí. de pie, en la habitación grande, ocupada, los ojos secos, en refinar los adornos de mi novia que, ella misma, esta ba acostaba sobre las dos mesas de manteles deslumbran tes. arreglada con todos sus adornos de matrimonio, más bella que nunca en ese marco de emos de llamas vacilan tes alumbrando su semblante pálido, blanco, desea nado por las, garras de la muerte. Las largas pestañas rubias no par padearían más. No debia más volver a ver los ojos claros. francos; La guirnalda de azahares coronaba su frente vida, sobre la cual pensaba poder, el domingo siguiente, depositar ante el altar, el beso sagrado. La cabellera suelta y partida en dos bandos, corría a lo largo del cuerpo.
rigido, se mezclaba y se confundia con la bateala de hilo ¡Cirios de matrimonio! Se diría que nunca los habéis vis AMAUTA de oro. Entre las manos, posadas sobre el pecho, el pa. ñuelo con las monedas exigidas de los muertos por los aduaneros. que les abren las puertas del más alla. Por encima el sudario.
Y, yo, Spilca, quedo de pie, sobre el suelo, y miro todo eso, como los otros. Estaba escrito, me dijo la tía; desde antes la pobre lo sabía. Ella lo esperaba. anteanoche, mientras que.
ella recogía heno, sola, en el campo. vino de improviso.
la ha arrastrado en el bosque y se ha reido de ella. Mi pequeña Sultana no ha podido soportar la ofensa. De noche, no sé cómo, ha disuelto las cabezas de ocho cajas de fósioros y ha bebido el veneno. Ha muerto anoche, después del toque de vi5peras, sin querer tomar leche ara vomitar. Estaba escrito. Al menos, descanzará al ado de sus padres. Ellos la llaman quizá. Los muertos no gustan quedarse solos. Ahi dentro, la anciana tomó los cirios de matrimo nio, los desenvolvió, los encendió y los puso a la cabeza de Sultana, cuya faz de cera se volvió más blanca todavia cuando las dos grandes llamas deslumbraron el cuarto. Después, se arrodilló y pronunció con voz firme: Padre nues tro que estás en el cielo, hágase tu voluntad.
Todos los aldeanos la imitaron. Yo fui el único en.
quedar de pie, en no decir nada, en mirara mi novia inundada de luz. concluira. La traducción del francés ha sido hecha por. Eugenio Garro. NOTAS: H0RA, danza tipica de los aldeanos de Rumania. BUISTRU, marcha danzante, gallarda, hecha sobre el paso llano. BETEALA, onda de hilos de oro y de plata forjada, que cubre el semblante de la joven des asada. SALBA, collar de adeana. AMAUTA?
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