28 EL. Qué hermoso ciruela. Tiene su historia. Cuando el mariscal Castilla abo lió la esclavitud en el Perú. el negro Tomás, esclavo de mi abuelo, plantó este árbol para conmemorar su manumisión, aunque sin comprender lo que ésta en realidad significaba.
Es el mejor que tengo en la huerta, y no parece sino que pór su tronco corriera la sangre del esclavo en la más extrana de las palingenesias. Diriase que Tomás, al plantar el ciruelo, plantó también, para que en él floreciera más. tarde, todo su sometimiento a mi familia, una sumisión que seria servil si no hubiese sido tan leal. Castilla, como LinColn en los Estados Unidos, emancipó los cuerpos, pero no li bert6 los espiritus. los negros continuaron tan moral, mente esclavos como antes, hasta el extremo de. trasegar a las generaciones de hoy, en cruces tan múltiples como in verosímiles, ese agachamiento perruno del espíritu que es. tá perpetuamente meneando la. cola. Tomás fué másin. condicional y más sumisodesde que supo que era libre y tenia los mismos derechos que los blancos. Parecía tenerle mie do a la libertad, un miedo supersticioso, y se aferraba desesperadamente a su servidumbre Mientras mi amigo me contaba la historia de su ár bol favorito, ya adverti a poca distancia un macizo de ye dra cubriendo, o disimulando, mas bien, una perrera de tamaño singular. Magnífico perro debe usted tener aqui, le dije.
Me miró. Se inmutó un instante Yo añadí. Perro lobo. No me respondió apretando los dieiites; es mapacha, raza excepcional de bestias feroces, pero que se amansan. En los ojos de mi amigo brilló una lumbre negra. de odio, de rencor, como un relámpago negro. Pero nada más que como un relámpago. Recobró su calma habitual y me dijo. cogiéndome por un brazo. Voy a contarle algo realmente extraordinario. Ven. ga y siéntese. una vez sentados bajo la tronda del ciruelo y frente al macizo de yedra que cubría a medias la perrera, comenzó. Herido en el desastre de San Francisco, mi padre se restableció rápidamente. más que por la relativa leve. dad de la herida, por el ansia del desquite. La guerra estaba en todo su horror. El odio, el miedo, la barbarie, amasaban héroes. En la guerra se mata por. terror a la. muerte.
En Tarapa cá, casi al finalizar el combate y pronun. ciarse la victoria en favor de los aliados, mi padre reci, bio en la frente un casco de metralla que le llevó parte delas cejas y le levantó el cuero cabelludo como una gorra. xánime, en tierra, estuvo a punto de ser repa sado por el a¿udante de aquel feroz Eleuterio Rodriguez que murió en retrie ga como jefe del segundo regimien to de infanteria chilena. Fué en los instantes en que en una lucha cuerpo a cuerpo, el sargento orureño Pascual Mérida se apoderaba del estandarte del regimiento. El ayudante Rodríguez se lanzó sobre el cuerpo inerte de mi padre. Pero un soldado boliviano del Loa. herido también, disparó desde el suelo.
el muslo derecho de mi padre. Recogidb por la ambulancia, hubo que amputarle la pierna desde la cadera. Mi padre sufrió lo indecible an. te la perspectiva de permanecer inactivo, inútil, mientras los demás peruanos resistían al agresor. Recluido en su el dolor de aquellos días.
ragidos, salía al repase. lla. Usted acaba de ver su retrato.
El ayudante cayó ful. minado. Tuvo, empero, tiempo de partir de un sablazo. dijo: LOS HORRORE DE LA GUERRA MAPUCHE POR MIGUEL ANOE. URQUIETA. PARA CARLOS OTERO casa de Arequipa lloraba de coraje al leer los boletines de la guerra. Chorrillos, Miraflores, fueron para él puñaa ladas mortales. luego la entrada de los chilenos a, Arequipa, sin resistencia, desvaneciend0 una leyenda de bravura. lo abatió, casi hasta la enajenación. Permanecia días enteros, sin moverse de la silla de brazos, cabizbajo, avergonzado. como si sobre él pesara todo el oprobio y Mi madre, a su lado, con toda la abnegada lozanla de su amor sólo llevaban cinco años. de matrimonio, no lograba disipar la sombra que envol vía cada vez más densa el espiritu del pobre y querido mutilado. La cicatriz del casco de metralla, que le sig naba la frente con una rúbrica de muerte, livida, ancha, parecia ahondarse dia a dia, como queriendo echar afuera la tempestad de aquel cerebro Un domingo mi madre al salir de misa, tropezó con el teniente Silva, cuya fama había cundido rápidamente en Arequipa. Jefe de una batería, se había distinguido bombardeando las casas indefensas de Chorrillos. Al final de los combates era el que, capitaneando a unos cuantos ioHabía que verle con qué pe ricia hundia el sable en los vientres aún palpitantes de los heridos ag se divertía vaciándoles los intestinos.
elleza de mi madre, realzada por su dolor silencioso, ano pudo pasar inadvertida. Mi madre era muy beSilva le escupió un requiebro soez. Le escupió, esta es la palabra. Mi madre, con la vista nublada, dando traspiés, en un vértigo de náusea y de terror, llegó a casa. pocos pasos la se guía Silva. Las miradas del bandido, sus piropos, paré cian abofetear el rostro tan puro de mi madre. Hacien do un esfuerzo supremo de voluntad, se dominó para no amargar más la amargura dolorosa del inválido.
La tragedia se cernía ya sobre mi hogar.
viscoso, húmedo, sañudo, el frio de sus alas.
Ese día mi madre me tuvo más junto a si, como si presintiese que iban a ser aquellas sus últimas caricias.
Cerrada ya la tarde, cuando el crepúsculo se abogaba en las sombra nocturna, uno de esos crepúsculo arequip eños en que el cielo parece de angrarse por cien heridas, sentimos en el zaguán primero y después en el patio, pisadas de caballo.
Luego ruido de espuelas.
Segundos después, apareció en la puerta de la alco baelteniente Silva. Tras él, como su sombra, su orde ¡lanza, un foragido que le acompañaba en todas sus aven uras Mi padre, como si súbitamente sintiera renacer la Se sentia. fuerza de sus dos piernas, se alzó sobre la única que le. laba e intentó avanzar sin buscar auxilio de sus mu e El teniente le dió un empellón y le arrojó por el suelo. Sobre él cayó, como una fiera, de un salto, el or denanza. tl. e maniató y le dejó tendido.
Al ruido de la lucha acudió el negro Tomás; El ordenanza le recibió con un golpe en la cabeza. Luego le pateó en el suelo. El camino estaba libre para el teniente.
za se cuadró militarmente, llevó la. mano a la visera. y Listo, mi teniente. Pucha con los zambos!
Mi madre no vió nada. No pudo ver nada. Habia perdido el conocimiento y era como una muerta.
El ordenan.