. AMAUTA. A us ºA. OA10A ¡son su. unu ºAROIA ¿º. K Aquel choque trascendente entre un alma que des pertaba y un mundo poblado de inquietantes misterios, halló su expresión verdaderamente grandiosa, sublime, más que en la religión. en la música. esa música, que ha llegado hasta nosotrºs, desde luego, ya menos atormenta da e imprecativa, como sin duda fué en los origenes, vie ne a ser la interpretacrón más honda de los paisajes an dinos, la traducción en lenguaje embciunal del panorama campestre. La religiosidad con que fué vista la naturaleza y atirmada la voluntad de vivir. explosionó, henchida de sentimiento, en los himnos incaicos, como la huan ca, el harawi, el haaíno, el hayarachi y otros cantos fu nerarios y endechas amorosas. Esos himnos son, más que los mitos la simbolización ornamental, la forma de la eypresión mágica de la irracionalidad del espíritu incaico. Aquella melancolía que fluye de cada frase melod iosa es sólo un estado transitorio de la manera cómo v¡ó la pupila del indio su panorama cósmico y lo tradujo en valores emotivos. Por eso, la tristeza que se vierte de las notas de una uena no es que exprese un alma orgánicamente triste; no es sino el vuelco melodioso de un estado de alma; como la piedra abstracta del edificio o el fetiche del adoratorio, no son sino objetivaciones de un. determinado y provisional sentimiento del mundo.
En buena parte, la música incaica es himnario andino. una interpretación histórica, o valorativa de la. tierra al contorno, asi como vienen a ser, en cada caso, la arquitectura o la religión. Invoca a cada trozo del paisa je que oculta divinidades tenidas como de sensibilidad idéntica a la del hombre.
Una voluntad como la incaica, en trágic a lucha de dominio a la naturaleza vista como una trascendencia, en impulso creador de una cultura ascendente, era una voluntad del poder y, por tanto. un impulso en el fondo, doloroso (antes que un alma dada a las alegrías del vivir, a los regalos sibariticos, en. una palabra, a la sensualidad infecunda y, hasta. cierto punto, decadente.
El sentimiento religioso de los incas tuvo, pues, su. úl tinro ápice en la invocación musical, que es su modalidad droms¡aca. La huanca y el harawi grafican, como dice nuestro malogrado Albiña, la niusicalidad del pueblo de Manco; son los himnos más exaltados en los que se acrecentó ese su espíritu lremante; son como la pleamar de su océano sentimental. La huanca es el himno pastoril entonado al con¿ cluir la jornada de la siembra, en la hora grave de los atardeceres; cuando el sol se va poniendo y las sombras de la noche descienden desde los montes próximos. Pero ese himno no es simplemente el canto al trabajo, la satisfacción por la jornada hecha, la alegría por el descanso después de la brega; es una imprecación solemne a los númenes protectores de la fertilidad de tierra, un ansia de algo que falta al poder del hombre. El harawi es la música destinada a los ritos sagra dos. a los oficios de difuntos, a las plegarias a las divinidades o a las trovas amorosas. Albiña, La música incaica. El harawi tiene, pues, origen religioso, como los demás géneros musicales. De ahí su expresión solemne (doliente voluntad) que hay que distinguir de la amargura de la impotencia. La sutil melancolia del harawi¡re vela su origen sagrado. En la imprecación al dios, en el llanto funerario o en la trova amorosa, que es un lamen. to, la vida es tomada con dolor, henchido de vpluntad, de un ansia de dominar lo desconocido, de sojuzgar el. mundo inexplicable.
igualmente, hay que suponer que el haizina y la kjashua son del mismo origen. Fueron danzas en honor de los dioses, puesto que se bailaban en las fiestas, que. también, todas, tuvieron la misma procedencia. Sólo que en ambos danzas el entusiasmo rebasaba el ritmo melancólico, sin que aquello signifique la explosión de la alegria. El carácter de conjunto que tiene esa música guarda íntima relación con las otras manifestaciones de la cultura de los mcas; con las artes plásticas, con el culto y la Vida politico social. La arquitectura, como ya hemos visto, es solitaria, aisladora del espacio infinito; las artes ornamentales, asi mismo, conjuros; la religión trascendente, forma expresiva de la dualidad entre el hombre y el mundo; el ayllu es una entidad social ligada con el tótem o apa. La. música, entonces, sigue esa modalidad espiritual del pueblo. que la creó. Además, ya se ha dicho, aquella expresión senti mental guarda un nexo íntimo con el paisaje, con la 1n terpretación emotivoreligiosa del campo. La tierra andina, hasta ahora, es. el escenario de una vida que se hace con dolor, porqt ie es esfuerzo, porque es 1mpulso creador; Cumbres ingentes y reacias a la vralidad, quebradas constrcñidas, limitadas para el cultivo, agua, tierra, aire, no dominados por la técnica más que por el brazo del hombre, no pudieron todavia formar pueblos plácrdos, conclusos en su destino. Las épocas de conquista, en las que el mundo queda por dominar, crean religiones, morales, músicas compatibles con ese estado de alma. La música de nuestros próceres antepasados no pue de ser la explosión sentimental de la desesperanza, porque quedaba un porvenir cuantioso a la cultura por hacerse; de la impotencia, entre un pueblo dominador y expansrvo; de la ilusión fallida, entre una juventud orgánica y psicológica rebosante; de la esclavitud, entre una cultura autóctona.
Pero tampoco se puede ver en ella la manifestación de la alegría, la vida hecha para siempre, sometida al placer del goce sensual, cuado ésta era un constante esfuerzo de. vencer lo desconocido, de llegar al poder de la racionalidad que es al que domina el mundo, cuando la cultura andina tenía por delante el infinito, es decir, una multrphcidad de posibilidades que desenvolver. La música incaica es la de la vida haciéndose, la de la turbación religiosa, que no es aceda amargura, es. cierto, pero tampoco es alegría; la del esfuerzo que tiende hacia el futuro. Esla música dela melancolia, del ensue ño, de ese estado grave entre la realidad y la fantasia. Esa expresión cósmica de la música incaica continuó siendo la levadura del espíritu de la sierra colonial; elemento psíquico que hasta hoy mantiene el nexo de todos nues tros pueblos serranos con el pasado, porque es el Vivo y mágico lenguaje a cuyo conjuro vibra la tradición lejana y se reanima el sentimiento terruño, ése que en el alma pn mitiva llama Keyserling lo intransferible. Una huanca. un harawi, enciende al momento la afectividad indígena y el amor del breñal nativo en quien tiene en su sangre y su espíritu ligámenes de comunidad histórica con el pasado través de los trescientos años de coloniaje, la música no perdió su valor histórico, es una fuerza viva de nacionalidad, más que el arte, más que la religión. Me diante ella el espiritu incaico se engarzó con el nuevo espiritu colonial, originado por el aluvión hispánico. Por la música mantiene la sierra la continuidad con el preténto. lo que para los incas fué la expresión de eso que el autor