8 DETRAS. Los AYLLUS. Desparramados por la cordillera, arriba y abajo de. las montañas, en las estribaciones de los Andes, enel regazo de los pequeños valles, cerca a las cumbres vene rables, cabe a los ríos, a la orilla de los lagos. sobre el césped siempre verde, debajo de los krswares vernaculos, en las quiebras de las peñas, otcando el paisaje, alli están los ayllus. Los ayllus respiran alegria. Los ayllus alientan be lleza pura. Son trozos de naturaleza viva. La aldebuela india se forma espontáneamente, crece y se desarrolla co. mo los árboles del campo, sin sujeción a plan; las castas se agrupan como ovejas del rebaño; las callejas zigzaguean, no son tiradas a cordel, tan pronto trepan hacia el alto zano como descienden al riacho. El humilla de los hogares, al amanecer, eleva sus columnitas al cielo; y en la noche brillan los carbones como ojos de jawar en el bosque. Después del lntiwata. cuando el Padre Sol ha sur gido detrás del Apu Ausankati, los trabajadores yogan con la tierra. Perfumes de fecundación impregnan la bnsa matinal. Sale de los apriscos el ganado y el olor a boñrga fresca agrega un matiz al paisaje campera. Silva el pas torcillo; ladra el perro custodio. En marcha. Por el des filadero, la theoria mugiente y balante rumbo a los ver des ichales de la altura.
Abajo, la oscilación de las chakitajllas viriles, des lflorando la virginidad cada año recuperada de los maiza es. Hilitos de agua como cintajos metálicos que se te jen y se destejen en la pampa grávida. Es el riego.
Lejanos se escuchan los cantos hombrunos, el es tribillo es la nota aguda. zíúúúúútítízí. aichaaaaaaaa.
Las mujeres hacen cola al pasar e portillo que con duce a los sembrados. Portan las comidas calentitas.
Vedlas de uno en fondo por la senda que diVide los maizales. Ellas tambien cantan con voz cristalina, y contes tan el estribillo de los maridos. Guaaaaaa. aaaaaa. aaaaaa. El agudo es ya un silbido, y después la cascada de las risas. ju. Kju. ju. Kju Avanza la columna de tirapiés. En este wayllar se han detenido las mujeres y ha cen rueda; desatan los líos portadores de las ollas del al muerzo. Humean apetitosamente. Olorcilló de hierbas sil vestres. El paík o, la ruda, el watakay. Doradas mazor cas de chojllos tiernos. Del ventrudo raki se escancia el akja de oro que apaga la sed y conserva la alegría. Entre bocados y sorbos, corre la conversación salpimentada de chist es que provocan hilaridad de hombres, mujeres, ancianos y niños. Los perros frente a sus amos. fija la mirada de sus ºjos lacayos en las bocas que se harian. Termina el ban. quete. Otra vez el canto, otra vez el rompe. las muje res a los hogares; el sol en el zenit. En la lejanía los. Apus solemnes, los Aukis menores, ímperturbables kama.
chikuj, presidiendo la tarea de todos los dias paternal mente. luego las fiestas. La alegria del kalcheo, cuan. do todo el ayllu, desde el machu centenario hasta el warmacha apenas en pie, deshojan las rubias, las blancas, las rºjas mazorcas, cuando la Marka y el Tak e están henchi dos de comestibles para todo el año, cuando los ventrudos rakrs, los urpus mayores, están ahitos de dulce akja.
Oh! felicidad. Kénas y pinkuillus, antharas, armonizan sus. sones orquestales, y todo el ayllu entra en la danza en la Kashwa magnifrca, y de todos los pechosrebosa eljúbilo he cho canto, y hasta la viejísima Mama Simona taktea con AMAUTA DE: ÍÍLAs MONTAKIAS pon LUIS VALOAROE:L igual entusiasmo que la (sip as) más juguetona. Gracras al Sol, gracias a la tierra, gracias a las cumbres y a los cerros y al rio. La inka solemne de la cosecha es el tedeum de los ayllus.
Vivir y morir bajo el gran crelo delos Andes.
Vivir al amor de su paisaje la egloga sin fm. Vwrr la eterna juventud de los pueblos campesrnos. Morir. cerrar los ojos como para guardar siempre el bello panorama en la cámara interior delos recuerdos. Los ayllus son tro, zos de naturaleza viva. LA MUJER QUE TRABAJA Es poco probable que haya otra mujer sobre la tierra que posea las virtudes hogareñas y sociales de la mujer andina.
El símbolo de la actividad femenina: la hilandera ambulante. Hace su jomada cinco y seis leguas por los caminos y las sendas, por los villorios y el despobla do, con el huso en movimiento. Porta a las espaldas, junto con el crio, los productos que va a vender en la ciudad, o los menesteres con que retorna a su choza. Pre para los alimentos, cuida de sus hijos, de sus animalitos domésticos, el cuy solo a ratos visible, la gallina, el chancho, el perro. Teje la tela para el vestido de todos los suyos. Recorre el canipo en pos de las yerbas aromáticas, de los yuyus comestibles, delas ramas secas para mantener el fuego. Escoge el estiércol de los corrales, la cbalaf, la chamarasca. En el kalcheo, deshoja el maíz. Auxilia al marido en las rudas faenas agrícolas.
En la noche, mientras duermen los niños y conver sa desde su cama el esposo. Ella no deja en inercia sus manos laboriosas: el maiz tierno, la kinua, el trigo, salen de sus dedos, grano a grano. libres de cutícula, listos ra ra preparar el potaje cotidiano. Cuando el varón es perseguido. ella lo reemplaza en todas las tareas. No teme al trabajo; apenas se fatiga.
Siempre dispuesta al esfuerzo, con la sonrisa en los labios, toda la bondad del alma se le asoma a los ojos tran quilos.
Solicita, cuidadosa, tierna, jamás pronuncia una pala bra de disgusto. Resignase a su suerte; y cuando el marido ebrio la golpea, comprende que pronto cambiará golpes por caricias. Animo sa, valiente, nada le intimida; trás e sus llamas cargadas de la leña que élla ha recogido del monte o de papas que ha escarbado con sus manos, llega a la ciudad, realiza su negocio y vuelve a su ayllu, a cualquier.
hora del dia o de la noche. La india que se urbaniza no pierde sus cualidades económicas. Ella, en el mercado.
en la tienda, en el empleo, trabajará incansable, y pondrá to, do el dinero a disposición de su amancio. algun mestizo vago y vicioso. UN MUNDO Veinte dias dela orilla del mar, en el último repliegue de los Andes, en la invisible hondonada que protegen como infranqueables muros las montañas; allí, donde casi es imposible llegar, vive Un Mundo. Las aguas de la Historia no. bañaron sus riberas.
Desde los lnkas magníficos del Cuzco, desde la época de oro del Imperio del Sol, los habitantes de Un Mundo, no saben más que la leyenda un poco fantástica, un mucho confusa de los Hombres Blancos.
Les consta que los viejos emperadores se marcha ron para no caer en manos de la invasión extranjera. Por el camino alto dicen huyeron los lnkas a refugiarse en el Antisuyu. Llevaban un kokawi de piedras. o. Visten los unkus negros y adorhánse la cabeza con vrstosos pillkus. Trabajan la tierra con la chakitajllay apa»