El tiá lidjódne iriee rteiiios a continuación se debe alº ºiluetr fe escritor argentino Anibal Ponen, miierto hace poco entre nosotros, y que con razón era reputado como el mae vtgoroeo nene erlor revolucionario de nuestra América Fué, originalmente, una conferencia leída ante el Comité Ejecutivo de una organización de intelectuales de interna ¿de mentira; cuyo nombre no mencionamos por dee raaonee; primera, para no herir. etaeeeptibilidadee. y, segunda, porque. las orientacionee y justas etítieee que contiene pueden considerarse como de carácter general. Por en alto valor, ente trabajo es indudablemente acreedor al título que encabeza eetae líneaa.
Los compañeros del Cºmité Ejecutivo de esta organización (1) me han confiado esta noche una misión muy dificil. De mucha responsabilidad, por una parte; de impertinente sinceridad, por la otra. Digamos usted. me han didho lo que se piensa de nosotros en América; cuán tenes lo que se comenta, se elo gia o se critica. Demasiado bien sé que no es precisamente la verdad lo que a un escritor revolucionario puede volver espantadizo o apocado, y que dentro de la lucha en que hemos comprometido nuestra vida están de más los discursos que desfiguran la realidad, ocultan los defectos. sobreestiman las fuerzas. Pero no sé si hoy, tan luego hoy en que esta organización se ha vestido de fiesta, es el momento Oportuno para detenernos un instante, abarcar en anaplia persmctiva una labor de varios años. y asumir la responsabilidad de un juicio esti mativo que puede alcanzar, por momentos, la solemnidad de un examen de conciencia.
Porque eso, nada menos que eso, es lo que yo desearía que fueran mis palabras. No me hubiera animado a decir lo. que de esta orga nización pensamos en América, si no tuviera la convicción de que, al enjuiciarla, quizá contribuya yo, como vocero de tantos otros escritores, a remover cierto sosiego pemicioso, a llamar la atención anbre algunos aspectos descuidados, a sugerir. ojalá el proceder que va implícito en el propio prestigio continental de la agrupación. puesto que soy uno de sus mienr roe, y deeempeño además la secretaria de eaterior, creo innecesario agregar que en todo lo que yo comente o critique irá no sólo la orbeervación del escritor que la contempla. u uw. 1) Donde se lee organización. en el ma nneerito original aparecía el nombre de le agru pación a que se refiere Anibal Pon ee.
desde afuera, sino el cariño y el respeto de quien, sabiéndose responsable también de su conducta, aspira a verla, cuanto antes, ejer ciendo de veras en América Latina el mayo razgo intelectual que el continente entero está dispuesto a aceptar.
Por su revolución agraria, primero; por la obra genial de un puñado de pintores, después; por, alguna novela quizá; por el rumor que nos llegaba de la consrrucción ésta o del proyecto aquel, México ejerció hace años en América Latina una atracción poderosa, una gravita ción irresistible. Fren ada más tarde su revolución, por motivos que no tengo por qué anali zar, esa fascinación se fue atenuando hasta convertirse poco a poco en el desencanto agresivo del que ha confíado en alguien demasiado.
La reacción mientras tanto arrecialna en América. Dictaduras abiertas o dictaduras iii.
pócritas, al servicio de las oligarquías más indignas, terminaron en poco tiempo con las es casas conquistas de nuestras democracias. una a una fueron desapareciendo, la libertad de sufragio, la libertad sindical, la libertad de escribir. Un clima de oprobio asfixiante hasta la desesperación fué extendiéndose so bre todo el cºntinente. Delitos medioevales, como el usacrilegio y la blasfemia. que creíamos olvidados para siempre, renacieron de pronto entre un bisbiseo de rosarios; aparatos de textura que hasta entonces sólo haeianios cometido en los museos, comenzaron a ar los instrumentos preferidos delas policías y de los juzgados. La denuncia, la persecución, el. te rro r, cortaron las alas a toda inquietud reno vador a, amordazatot1 el movimiento eemditana til y obre ro, llenaron las cárceles con profeso res, periodistas y poetas Desde la eacnela leanta la universidad, dende la tribuna lenta la