a. i. u quw);é li ñl ilz puede decirse que todavia en vías de formación, y lo que ha conseguido en poco más de un siglo. de vida independiente, ha desperta do la admiración y los comentarios más alen tadores de estadistas de gran. envergadura cientifica. Pero entre los elementos que han luchado con tenacidad inquebrantable para ele var a nuestra patria a la más altas etapas del progreso humano. quién merece figurar en primer término por su sacrificio, abnegación, ofreciendo en hOlocausto su vida y abriendo el amplio camino que hizo posible la obra reden tora de las reformas Sociales, en que ahora descansa con firmeza indestructible la prospe ridad hacional? Todos los mexicanos de reco nocida cultura intelei:tual, inmunes a las sordas y bajas pasiones políticas; que han estudiado a Jfondo nuestros complicados problemas étnicos y sociológicos y que hagan suya la frase del célebre griego que decia: uSoyamigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad. tendrán que convenir en que tal lugar corresponde al Ejército, al Ejército que en los últimos años ha sido el eterno abanderado de todas las reformas trascendentales que para bien del país, han llevado a cabo los hombres fuertes patriotas y bien intencio nados de la Revolución.
Durante el caótico y estéril período de los Gobiernos esencialmente militares, periodo nefasto que terminó con la caida de aquel vo luble, pintoresco y fatal soldadón que se lla mó Antonio López de Santa Ana, fué casi nula la participación del Ejército en el sentido de mejorar los destinos de la patria, que parecia hundirse para siempre en el mar tur bulento de la guerra civil No habia lugar para ello.
El Clero lleno de soberbia, con su prepon derancia incontrastable, con sus inmensas riquezas, y las ambiciones desenfrenadas de los reaccionarios, conservadores, moderados y de otros sectores de penosa clasificación, ponían sus mejores energía al servicio de las intrigas más infamantes de que emergian el cuartelazo imprevisto y la asonada traidora, con la mira maquiavédca que detii tar el Mando Supremo de la Nación, con a voraz fina li dad de que los grupos privilegiados y los pocos intelectuales carentes de pudºr y de experiencia politica, siguieran disfrutando dei esplendor palaciego a costa de las masas irredentas, que en la soledad de los campos y en las montañas abruptas sólo sabían de las agotantes rudezas. del trabajo.
En medio de nuestras intermitentes y ago biadoias pugnas domésticas el Ejército fué un engañado, una víctima de los líderes pro fesionales de la epoca.
Cuando Don Valentín Gómez Farias, lle no de horror ante la corrupción y el desastre que privaban en este sufrido país, intentó. como medida salvadora imtplantar ciertas re formas que cambiaran la faz de los destinos nacionales. levantamiento por Religión y Fueros evitó que sus palabras de redención tuvieran. resonancia alguna en los ámbitos de ia República. En el orden político nada había consistente entre nosotros. Ensayamos en el terreno teórico todas las formas de Gobierno: El Imperialismo, el Centralismo, el Fede ralismo y la Dictadura Militar; los grandes intereses colectivos la incorporación del indio a la civilización, la educación general de las multitudes, la explotación de nuestros recursos naturales, nuestra deficiente situación económica y la suerte del proletariado del campo y de la ciudad, fueron problemas que muy poco preocuparon la ¡mentali dad de los incipientes estadistas de entonces.
Puede decirse que la Revolución de Ayu tla señala el punto inicial de la reforma en México, pero la Constitución de 1857 y otras leyes de gran aliento regenerador, tuvieron difícil aplicación por acontecimientos ulteriores, como las enconadas luchas entre el Partido Liberal y el Partido Conservador. Por otra parte, Juárez, gran patriota y gran gobernante, enfrentándose con asombrosa virilidad contra la Intervención ye el Imperio, no dispuso en su tormentosa vida presidencial ni de tiempo ni de la tranquilidad de ánimo necesaria para las graves funciones del Estado.
Al General Diaz poco se le debe en su larga cansada. Administración Le rindió cul to a lo espectacular, a lo suntuosamente decorativo y a simular un estado de grandeza para despertar la admiración mundial. Prodigó a manos llenas rtiinosas concesiones entre las figuras salientes del tuxtepecanismo, brindó facilidades extraordinarias al capital extranjero para explotar nuestras riquezas; pero los problemas medulares cuya resolución se imponía para hacer del país una verdadera potencia en el concierto de los pueblos libres, merecieron el desdén del olvido.
Estaba reservada a la Revolución que se iniPÁG¡NA 19